Biografía


Rafael Francisco Góchez Fernández nació en Santa Tecla, El Salvador, el 3 de mayo de 1967. Es hijo de Rafael Góchez Sosa, poeta y docente ya fenecido, y de Gloria Marina Fernández, dedicada a las letras y la filosofía.

Narrador y estudioso de la literatura, en el campo de la creación artística, ha publicado los libros de cuentos "¿Guerrita, no?" (1992) y "Del asfalto" (1994), ambos con UCA Editores, y la plaquette "Desnudos en una capilla" (Concultura, 1993), además de diversas colaboraciones en revistas y periódicos, locales y foráneos. Junto a otros dos colegas, recopiló y publicó la "Antología 3x15 mundos", cuentos salvadoreños del período 1962-1992 (UCA Editores).

Ha obtenido los premios nacionales de narrativa: "Wang 1990", "Alfonso Hernández 1991", "Expo Familia 1993", "Carta a mi padre 1995" y "Juegos Florales de San Salvador 1997". Participó en el Foro Joven "Literatura y compromiso", realizado en febrero de 1993 en la localidad malagueña de Mollina, España, donde estaban además otros noventa jóvenes escritores iberoamericanos y doce escritores contemporáneos consagrados, y en el Coloquio Juvenil Interamericano (Guanajuato, México, 1995). Ocasionalmente, también ha cultivado la música.

Es licenciado en Letras por la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA) y, en el campo docente, ha trabajado desde 1988 en los niveles de bachillerato y tercer ciclo, a nivel académico y en actividades de promoción artística. A partir de 1997, ha invertido energías en promover la práctica del ajedrez infantil, como herramienta educativa.



Cuentos




Rata



*Este trabajo forma parte de la colección "Los encierros", primer lugar en los Juegos Florales de San Salvador, 1997.


Toda ella parecía un hoyo negro, aún más negra que la sombra nocturna del mueble de la cocina bajo el cual solía cobijarse. Húmeda, todavía untada por el lodo del desagüe de donde había emergido, su cuerpo brillante reflejaba -en la oscuridad y en delgadísimos contornos- las tenues luces del cuarto contiguo, viéndose a la distancia como una miniatura de eclipse total y deforme, con sus dos estrellas verduzcas incrustadas en la mitad superior: sus ojos.

Llevaba un par de semanas molestando por las noches, a veces desde el ocaso. Delataba su aparición el escándalo de su andar sobre trastos y recipientes, dejados al final del patio porque a fin de cuentas es allí la parte de la casa donde siempre va a parar todo lo que, siendo ya inútil, es conservado en la mezquina creencia de que algún día volverá a servir, hasta que las tales cosas acaban por acumularse de tal forma que sirven de hogar a babosas, caracoles, alacranes, lombrices de tierra, cangrejos extraviados, serpientes de coral, cucarachas, arañas de toda clase y demás especies rinconeras, además de algunas crías de gatos de tejado.

Luego de su fanfarria de percusiones, cruzaba con ruido sordo las vigas y columnas del galerón hasta llegar a la parte trasera del lavadero de platos, donde encontraba restos de comida que la mantenían con la voluminosa lozanía de un conejo adolescente. Después de su sobremesa atrás del refrigerador y en los alrededores de la cocina, terminaba durmiendo en el interior de una lavadora automática, a la que entraba por el orificio de donde salía el tubo de evacuación del agua jabonosa, permaneciendo allí hasta los primeros ruidos de la mañana, cuando hacía su recorrido inverso ante las exclamaciones de repugnancia de quien la viese primero.

* * *

El recuerdo comenzaba aquella noche, hacía casi tantos años como edad tenía el menor de los niños, cuando el aviso le fue dado con la inexpresión propia de un oficial habituado a tales labores, mensajero funesto, sin más detalles que el repetitivo "murió en el cumplimiento del deber" de la esquela mortuoria. Se lo esperaba, sí; podía pasar en cualquier momento, sí; ya lo habían hablado y ella debía estar preparada, sí; no obstante, la muerte nunca termina de aceptarse, menos cuando el armisticio era inminente y el operativo en cuestión poco menos que absurdo.

Durante el velorio, había rememorado discusiones perdidas de cuando eran novios adolescentes, cierto que tendrás una posición asegurada pero es tan peligroso, ves que esto apenas comienza y va para largo, por qué mejor no estudiás ingeniería civil que tanto te gusta; la renuencia a aceptar la decisión que no bastó para pensarse lejos de él, tantos años queriéndose para luego lejos de él, imposible abandonarlo por causa de su opción, nos queremos en las buenas y en las malas, en fin, porque el amor consiste en eso, ¿no...?

Después vinieron los años de visitas mensuales a la Escuela Militar, sabiendo lo que él no podía contarle, lo duro de la vida allí dentro, aunque en sus palabras había un trasfondo de vale la pena en el cual él creía, ingenuamente según algunas compañeras de ella en la universidad, "pobre engañado" según dos o tres amigos suyos, vecinos desde la infancia, aunque para entonces envueltos en asuntos poco conservadores, pero creyendo sinceramente, a fin de cuentas.

Allí, frente a la caja enflorada, fluyeron imágenes de ceremonias llenas de grandiosidad, del caballero cadete graduándose con honores y de la boda consiguiente, felicitaciones que sean muy felices, de ella queriendo creer en la débil esperanza de que todo peligro terminaría más pronto que tarde, todo ello fotografiado en el álbum de la familia recién fundada; más adelante, llegaron las memorias de los debates sobre si ella debía trabajar o mejor dedicarse a su casa, más con el primer hijo por venir; después, las noches amamantando en solitario, pendiente de una mala o una peor noticia, enfrentamiento tras combate y nada claro todavía, todo sigue igual, comiendo tiempo para no acabar nunca y el segundo hijo saltando como de aflicción en su vientre, apenas si alcanzaría a ver la figura del padre un par de veces antes de que llegara la confirmación de lo temido, que no sucedió ni en los tiempos más difíciles: vino a pasar cuando ya cualquier muerte no podía tener algún sentido posible, suponiendo que morir pudiera significar algo más que el absoluto final.

Pero pronto fue evidente que el recuerdo no debía seguir siendo así. Los pálpitos más dolorosos debían diluirse entre años y ocupaciones. Quizá no era justo ser siempre una madre tan triste, tal vez los niños tenían razón al no poder llorar al padre desconocido de fotos y uniformes, de anécdotas y novenarios.

* * *

Matarla era necesario y la sentencia no requirió de mayores razonamientos. "Transmiten enfermedades", contestó la madre al menor de los niños. "Lo mismo que las moscas: molestan y transmiten enfermedades", recalcaba mientras ponía los bultitos de veneno en los rincones. "Ni de broma vayan a asomarse por aquí, esto es muy peligroso", los había prevenido refiriéndose al raticida. "Vos, que sos el mayor, tenés más responsabilidad, ¿oís?". El otro niño asintió, mientras miraba de reojo los pequeños y dañinos cilindros rosados que esperaban la hora de ejercer.

Pero, pese a que el veneno había quedado puesto desde la semana anterior, aún no lo había consumido, bien porque las sobras le sustentaban o porque las rutas de su tránsito se apartaban ligeramente de las previsiones de los cazadores. Así, los despertares de la familia a medianoche continuaban entre una oscilante angustia, por aquella duda de si los ruidos eran de la roedora nocturna o de otros intrusos más siniestros. Alguna vez hubo amagos de emprender una cacería directa con escobas y trapeadores por armas, pero todo quedó en las intenciones, bien por la pereza ante el viento frío de la época, bien por la somnolencia o quizá por la rápida huida de la indeseable y pesada visitante. La señora de la casa se consolaba en voz audible diciendo: "tarde o temprano tendrá que comer el veneno, es cosa de esperar", y volvía a dormirse entre un par de molestos resoplidos.

* * *

El libro era de puras anécdotas, reales unas, medio imaginadas las otras, donde los excombatientes de uno y otro lado, la mayoría bajo seudónimo, contaban cosas de la guerra reciente. Había visto el texto de reojo a media tarde, tirado en el sillón grande de la sala de la vecina, llegado allí por vía de la hija, una jovencita curiosa y desinhibida de dieciséis años que siempre andaba con este y aquel volumen, préstamos de su novio, estudiante de Derecho en la Universidad, donde aquel libro era la moda.

- Si quiere lléveselo -había dicho la vecina-. Ahorita estoy bien atareada y no creo que lo vaya a leer todavía, pero dicen que está bien bonito.

Tuvo sus dudas, por aquello de darle vueltas a lo mismo, una y otra vez regresando al recuerdo, pero también pensó en que quizá leerlo fuera algo así como una prueba que necesitaba para demostrarse que su ánimo era capaz de enfrentarlo.

* * *

Fue hasta el sábado que hubo descubrimientos prometedores. Al levantarse a desayunar, el niño más grande notó que del bultito del lavadero sólo quedaban algunas migajas esparcidas en un área pequeña, justo antes de ver a la animala en su plena huida matutina. La presa había mordido el cebo. Con entusiasmado bullicio, fue a despertar a su hermano y a su madre para dar la noticia, comprobada minutos más tarde por la familia en pleno.

Esa noche hubo silencio, tranquilidad. La infortunada intrusa debía estarse debatiendo entre los dolores propios de la corrosión visceral. Con suerte, moriría en algún rincón olvidado y muy lejano, donde nadie la vería disolverse entre gusanos e insectos. A lo sumo, el olor de la putrefacción sería fantasmal, intangible, nada que ameritase una purga sanitaria.

El envase decía que una sola ingestión bastaba para que el veneno hiciera su efecto, pero la madre dispuso no quitar los demás cebos hasta estar segura, no fuera a ser.

* * *

En el flujo de los breves relatos había un poco de todo: escenas de terrible dolor, las denuncias de siempre, casualidades oportunísimas que salvaban a alguien de la muerte o la captura, debates de conciencia, incluso apariciones relacionadas con la mitología popular. Leía despacio, como respetando la indefensión de quienes iban muriendo al pasar de los párrafos, al voltear de las páginas; leía viendo que el devenir actual de las cosas en el país hacía más grave el sinsentido de aquel histórico empeño de matar y morir que había sostenido la moral de los ejércitos; leía y miraba en el sueño de sus hijos la necesidad de que él hubiera sobrevivido, acaso para contar en familia una y otra experiencia; pero también leía con la entereza de quien se ve superando lo terrible, capaz ahora de recrear en aquella calma nocturna las imágenes que fueron sus pesadillas, motivo de conjuros y exorcismos, de sus Dios mío: que nunca le vaya a pasar. Y eso era lo más importante.

Pocas noches como aquella su lectura se extendió por más de una hora. Los niños dormían, sombreados por los destellos amarillentos de la lámpara de noche. Afuera, en el patio ya sin ruidos, el débil viento arrastrando las hojas caídas parecía la suave crepitación de una fogata en la lejanía.

* * *

Pero eligió agonizar en medio del patio. La descubrió el hijo menor, quien corrió gritando: "¡Mami, Mami, allí está la rata, allí está!" para dar cuenta de aquella sucia presencia que, de día, era más bien gris. No se movía, tan sólo respiraba pesadamente. Madre e hijos acudieron a verla. Era claro que agonizaba, pues su única reacción a las dos pequeñas piedras que le lanzaron los infantes fue alzar las orejas, como para darse cuenta, pero sin hacer el menor intento por huir; nada que ver con los rápidos reflejos que había mostrado en los amaneceres anteriores, cuando se alejaba casi deslizándose por los espacios de su escape. No chillaba, pero aquel silencio debía deberse a su estado exánime, más que a la ausencia de dolor. El veneno estaba haciendo efecto. Sólo alguna convulsión esporádica rompía su casi absoluta inmovilidad; por lo demás, la mirada fija en los espectadores, la sensación vital de animal muy dañado, un pesar profundo e inexpresado que los tres creyeron interpretar durante los minutos ya demasiado prolongados que duraba aquella muerte.

- Matémosla de una sola vez. Así sufrirá menos -sentenció el hijo mayor.

La madre estuvo de acuerdo y al menor le pareció justo, cual si ese hubiera sido el deseo de la víctima. La madre rodeó el inminente cadáver, fue al fondo del patio y regresó con un grueso trozo de madera abandonada. Antes, acomodó a su lado una bolsa plástica. Apuntó a la cabeza y descargó el golpe. Crujió el cráneo. De la trompa le salieron dos pequeñas gotas de sangre, mientras un par de bruscos estiramientos de sus patas indicaba el fallecimiento. Con el mismo palo, la empujó dentro de la bolsa, hizo un nudo y la sacó a la calle, junto con las demás bolsas de basura, todo ello con los niños tras de sí, atentos testigos.

* * *

Llegó de trabajar y encontró llorando al mayorcito. Lloraba mirando un punto fijo en el patio, hincado mientras su hermano menor, serio y silencioso, observaba el restregar de ojos.

- Estaba allí y se quejaba un montón, mami, le dolía mucho -respondió señalando hacia donde él miraba.

La madre escudriñó el cemento, localizando un par de gotas de sangre que sólo al buscarlas expresamente alguien podría notar que estaban allí. Viéndolas a los propios pies, con fácilmente se confundían entre la rugosidad del rudimentario pavimento. Sin duda, eran las huellas de la rata muerta allí hace algunos días. El niño se había despertado a media tarde y había ido directo hasta donde entonces estaba. Según la doméstica, desde esa hora no había hecho más que repetir desconsoladamente la misma frase.

- Le dolía...

Mientras lo abrazaba, la madre se reprochó el haber rematado a la rata frente a los niños, aquella agonía interminable y el aplastamiento repentino de un cráneo hecho astillas, convulsiones que debieron lucir no sabía cómo ante la vista de los pequeños, tan impresionables porque las ratas, sobre todo de aquel tamaño, no dejan de tener un aire como de conejo tierno, acariciable, como el que alguna vez ellos habían pedido como mascota (lo nauseabundo en verdad es la cola, larga y lisa, como de hule, a veces rojiza, una pequeña serpiente, gigante lombriz añadida a un cuerpo que no se sabe para qué pueda necesitarla, como no sea para que de allí se le tome cuando, ya muerta, haya necesidad de tirarla a media calle para que una llanta de camión reduzca todo a un emplasto de vísceras embadurnadas en el asfalto, una alfombra gris y roja que se irá secando bajo el sol meridiano).

- Se quejaba, le dolía mucho...

La madre comenzó a decirle, a explicarle, todas las personas tenemos pesadillas, pero éstas son sólo sueños sin control, a veces por haber comido más de la cuenta; es natural que uno se asuste y tenga miedo de que, ya despierto, aparezcan las cosas soñadas, pero nada de eso no va a pasar de verdad, hijo, porque las cosas horribles son sólo de las pesadillas, malos juegos de los diablitos del pensamiento.

- Se quejaba, se quejaba mucho...

El niño estaba ido, puesta su atención sin remedio en aquel espacio vacío con las gotas de sangre coagulada por eje maligno. La madre lo tomó en brazos, conduciéndolo hasta el interior del cuarto. Ordenó a la doméstica que terminara de preparar la cena. El más pequeño los siguió, recordó que era la hora de las caricaturas y encendió el televisor.

- Se quejaba, le dolía mucho -seguía diciendo, aunque ya más tranquilo, empeñado en aquello como si fuese lo único recordable, una tristeza tan íntima que la madre no quiso justificar de nuevo la detestada proeza, hablar otra vez de las enfermedades, de la inmunda presencia de animales así o, Dios no lo quiera, del peligro de un ataque, casos ya se han visto.

El estar lejos ya de la influencia angustiante, más la presencia materna y el ruido de los personajes animados, pareció ir calmándolo. Cesaban las lágrimas y en unos minutos era de esperar que hubiera olvidado el incidente. Fueron los tres a sentarse a la mesa. Pero la cena, humeante y en otros momentos apetecida, no llamó la atención del niño. La madre, comprendiendo acaso la remanente sensación de pesar, lo autorizó a que, si no tenía demasiada hambre, podía comer poco, no fuera a caerle mal la cena por tanta agitación, que las emociones fuertes son malas y lo más importante es la salud. El niño siguió el consejo y muy temprano se fue a dormir.

* * *

Había podido leer el libro sin mayores sobresaltos. Terminarlo era superar la prueba puesta a sí misma. Algún viento nocturno refrescaba las rendijas, convocando recuerdos; pero no más con el nudo y el asomo lacrimal, no más de aquella manera injusta para quien se quedó esperando regresos a salvo y en paz. Los niños se habían dormido bien, en especial el mayor, quizá cansado por la tribulación de la tarde.

Faltaban tres o cuatro historias por contar, leíbles lo más en media hora. Bajo la lamparita de noche, foco de 25 watts. Vio la descripción del subteniente herido. Era escueta, tan sólo un par de rasgos, pero había un "se quejaba, se quejaba mucho pero muy suave, con un hilo de voz tan débil que apenas si podía oírse, era lo único para lo que le alcanzaba el aliento...". El subteniente agonizaba pero la hora de su muerte estaba todavía muy lejana para soportar su estómago agujereado. En la retirada, quizá lo habían dado por muerto, quizá no hubo tiempo para recogerlo, quizá falta de voluntad. Un par de combatientes del bando enemigo lo contemplaban sin decidirse del todo a hacer lo que debían hasta que al fin, seguros de lo irrecuperable de aquellas vísceras, dispusieron hacerle un favor, un tiro de gracia que fue recibido con una mirada tranquila, tal vez de agradecimiento, por el malherido.

La tentación había resurgido victoriosa, porque ella cerró el libro con la imagen amada en el lugar de la víctima. Nada había en aquel testimonio como para darle certeza al presentimiento, pero también nada había para negarlo de forma terminante.

- ¿Viste cómo se quejaba, mamá...?

La voz del niño le erizó los cabellos. No la esperaba así, surgida desde su mentiroso sueño. El niño la miraba, la había estado mirando desde siempre, viendo callado cómo ella encontraba aquel relato, cómo calaba en ella la tristeza.


Fuego de difuntos



* Trabajo premiado en los Juegos Florales Salvadoreños, Zacatecoluca, 1996.

1

Su color era depresivo, como todos: natural resultado de la combinación de gris claro con blanco hueso. Las lluvias intermitentes, aliadas con el inconmovible sol y algunas ráfagas de aire venidas desde el otro lado del horizonte, habían descascarado la superficie, dándole el aspecto de una avejentada piel escamosa que, con el retumbo de los truenos invernales, había estado cayendo en constantes y pequeñas migajas. Años atrás, no faltaron flores de distintas especies por sobre aquel rectángulo de tierra demarcado con pequeñas piedras de mar, así construido en virtud de la inmemorial afición de su habitante por los viajes dominicales al litoral del Pacífico. Pero los vivos colores con que la naturaleza parecía festejar la perpetuación de su ciclo vital eran asunto para la memoria. Ahora, sólo mala hierba crecía por encima y el entorno, maleza parasitaria que desde siempre tuvo la misión de estigmatizar con su presencia a los destinatarios del abandono.

En los primeros tiempos, la descendencia debió cumplir con bastante apego los postulados de una herencia cuyos orígenes arraigaban difusamente en un ecléctico pasado colonial-indígena. Entonces, comisionaban personalmente el trabajo de limpieza o restauración -según hubiera sido la fuerza desintegradora de clima próximo pasado- a un par de los muchos preadolescentes marginales que pululaban por los camposantos a finales de octubre y principios de noviembre. Más adelante, la labor habría sido espaciada en períodos más largos, delegando incluso el trabajo de contratación en terceras personas. Pero, desde hacía tantos años como no podían contarse con los dedos, no parecía existir alguien que se ocupara de ello, con tan evidente resultado.

Como los moradores más antiguos de la localidad habían ido muriendo hasta extinguirse, nadie que aún viviese recordaba a quién pertenecía aquella tumba cuyo registro en la oficina del cementerio era irrecuperable, debido a una molesta plaga de polillas que azotó el local un lustro antes. Y como el país vivía una etapa difícil de posguerra y la depredación de cualquier cosa vendible se constituía en el pan diario de muchos, el epitafio grabado en mármol había sido arrancado, perdiéndose con él cualquier referencia de los huesos allí depositados.

2

El rito había sido como siempre: ecléctico y ancestral. Para algunos, estaba más que claro lo absurdo de tal costumbre; para otros, en cambio, la ocasión se prestaba para un reencuentro, una reflexión válida, una oración que nunca está de más, o tan solo para sentarse frente a las tumbas a mirar, mirar y recordar, mirar y enflorar, mirar y reparar, mirar y platicar, mirar e imaginarse cómo será cuando otros sean los que lleguen a mirarlos. En todo caso, el lugar había estado bastante lleno aquel día relativamente largo (más largo que los otros días del año, sí, pero igual de fatigoso que todos los dos de noviembre, día de los Fieles Difuntos). Ahora, cumplido el deber, los visitantes comenzaban su éxodo parsimonioso, caminando por entre la confusa nomenclatura del Cementerio General de San Salvador, mientras una brisa fresca era la ansiada tregua ante el calor húmedo de la tarde, ya cotidiano, del que ni la protectora sombra de los pinos había podido resguardar.

Mientras la multitud iba regresando, todavía se escuchaban boleros y baladas mal que bien entonados, otrora típicos de bares bohemios, hoy sonando en horas inusuales porque durante la guerra, la vida nocturna había venido a menos (era tan peligroso salir más allá de las nueve de la noche) y la clientela de tales centros escaseaba más de lo debido; por lo tanto, los trovadores ambulantes debieron buscar ámbitos alternativos de trabajo y así, en los días cercanos al Día de Difuntos, se instalaban en los alrededores del cementerio, ofreciendo serenatas nostálgicas e inauditas, de tal manera que dicha costumbre, muy tradicional en México y otras regiones, vino a tomar una extraordinaria fuerza local, como nunca antes se recordara.

Al respecto, había quienes censuraban tal práctica, prefiriendo el silencio reflexivo ante las ruinas sagradas de quienes fueron sus progenitores. En su favor, esgrimían el argumento de que aquellas canciones resultaban inapropiadas, dado el inquitable aire de cantina, burdel y juegos ilícitos que emanan las rancheras de la predilección del público. No obstante, como al respecto no había una postura muy clara por parte de las autoridades eclesiásticas, era imposible exigir la cancelación de las dedicatorias póstumas. Tampoco había manera de saber si a los fieles difuntos les parecía bien (en caso de que algo pudiera parecerles) ver una vez al año a sus familiares procurando traerles a cuenta cosas que, supuestamente en vida, fueron de su agrado, cual si con ello procurasen volverles más placentera su actual estancia en un lugar imposible de definir con certeza, tan sólo imaginable por acto de fe o especulación. De todas maneras, se aplicaba en ellos el axioma de "quien calla, otorga", en tanto que los finados poco podían hacer para evitar dichas manifestaciones públicas de amor filial, en caso que les disgustasen.

3

El viejito entró por la puerta principal, en sentido contrario al de la multitud. Por el caudal humano en retirada, el vigilante del panteón no pudo advertirle que iban a ser las seis y estaban por cerrar.

El anciano parecía conocer desde hace mucho tiempo el lugar. Caminaba con las dificultades que le imponía su edad notoriamente avanzada. Vestía un suéter de lana color gris claro y pantalón negro a la usanza antigua. Arrastraba los pies, haciendo lucir pesadísimas sus sandalias de cuero tosco y suela de llanta de camión. Apenas si se le veían los dedos curtidos. Su pelo, por completo blanco, ya escaseaba en muchos sectores y no era posible decir cómo había sido de joven: si apuesto, si perdido en el anonimato de la tipología común que su encorvada estampa de baja estatura hacía sospechar. A tales alturas de su vida, tan sólo algún virtual papel patriarcal podía rastrearse en las apretadas arrugas en que su piel morena, casi cobriza, se había convertido. Sus ojos color café claro tras los lentes bifocales no parecían mirar más allá de dos pasos adelante. Pero lo más curioso de su andar era la ausencia del necesario bastón, tal vez rechazado por una especie de incontrovertible terquedad senil.

Se filtró entre los tonos oscuros de la naciente noche y fue a dar, sin vacilaciones que indujesen sospechas de indecisón o desconocimiento alguno, frente al sepulcro abandonado. Prendió y puso en una de las piedras de mar una velita de cera roja, mientras se sentaba en un bloque de cemento adyacente y decía algo en voz absolutamente baja y en lengua extraña, casi al compás del sereno que iba remojando imperceptiblemente las hojas.

4

A la una de la madrugada, el Cuerpo de Bomberos recibió una llamada telefónica, avisando de un monumental incendio en el Cementerio General de San Salvador. Preguntado el informante si se trataba de un incendio forestal, éste contestó que no, que más bien era "como si las tumbas se estuviesen quemando". El encargado de turno colgó de inmediato, juzgando la llamada como una mala broma, porque en la última semana habían habido cinco falsas advertencias de bomba en el hospital de maternidad, con sus cinco respectivas evacuaciones, en una de las cuales una señora dio a luz en plena vía pública. Pero en los diez minutos siguientes cayó una ráfaga de telefonemas que informaban de lo mismo, una tras otra y otra más, con tanta o mayor insistencia. Por no pecar de negligente, el comandante mandó una unidad a explorar, con luces pero sin sirena. A cinco kilómetros del camposanto, divisaron las lenguas de fuego que iluminaban la noche y pidieron refuerzos.

El primero y fundamental obstáculo para controlar el siniestro estuvo en la lógica falta de hidrantes dentro del lugar. Las mangueras, de más está decirlo, no eran tan largas como para llegar hasta más allá de la periferia y los camiones-cisterna no podían entrar a un sitio diseñado sólo para circulación peatonal y, por otra parte, suficiente trabajo tenían con evitar que el incendio se propagara a las viviendas adyacentes.

Pero lo más extraño fue darse cuenta y entender qué cosa se estaba quemando. En un principio y desde lejos, al oficial encargado le pareció que, efectivamente y después de todo, se trataba del incendio forestal supuesto, ya que los árboles del lugar estaban prendidos como antorchas. Pero al acercarse y observar mejor, era claro que el fuego venía de adentro de las criptas y tumbas. Y allí, la única materia combustible era la madera de los ataúdes y, aun cuando debía ser escasa su carnadura actual, los cuerpos mismos. Las llamaradas salían de allí propulsadas por una insólita presión, abriéndose paso por cuanta grieta estorbase su camino y tiñendo el ambiente de tonos amarillentos que daban a la noche un aspecto infernal, aún a los ojos del más escéptico.

No fue sino hasta la aurora cuando el fuego se extinguió por su propia cuenta. De nada valieron débiles esfuerzos por sofocarlo antes, porque a las dificultades antes dichas se sumó otra aún mayor: la necesidad de abrir los sepulcros: de profanarlos, en sentido estricto, para atacar el núcleo mismo de la cremación colectiva. Estaba claro que, de haberse consumado esta acción, ello habría puesto tras las rejas a los miembros del cuerpo de socorro. De todas maneras, ante el fracaso, quedaba de curioso consuelo la conclusión de que nada podía haberse hecho, debido a que ni en el mejor de los casos habrían bastado todos los jueces de turno, ni siquiera los existentes en el país, para emitir tantas órdenes judiciales de exhumación en tan corto tiempo, para permitir así el trabajo de los bomberos dentro del marco de la legalidad.

5

En aquellas tumbas sobre las que había cuando menos una pequeña capilla, el humo había tornado las paredes interiores de un oscuro opaquísimo, tanto que ni la luz exterior se reflejaba: eran verdaderos hoyos negros, prolongaciones de la tierra muerta sobre la que yacían.

Donde tan sólo una plancha de ladrillo y cemento separaba este mundo de aquella última morada, la negritud se difuminaba entre el aire adyacente y las pequeñas grietas, abiertas a fuerza de una furiosa presión imposible de detener.

Pero donde sólo una cruz de pobre señalaba el sitio, la huella del fuego sólo podía rastrearse en la escasa vegetación calcinada y en el tono grisáceo de aquel bulto de tierra y cenizas.

6

Extinta que fue la última brasa, por toda la ciudad cundió la inquietud, la angustia y el desasosiego, como cabía esperar luego de un suceso de tal magnitud. Cada habitante contaba de cómo y a qué hora se había enterado, de cuál no había sido su estupefacción, de cuántos presagios anteriores, entonces desapercibidos como tales, venían a cobrar sentido. Crédulos y ateos de todas las variantes clamaban con los brazos en alto, diciendo cosas comprensibles pero absurdas, mientras niños y niñas aprovechaban los atareos pater-maternales para jugar a las escondidas en las manzanas.

Los diputados de la Asamblea Legislativa fueron convocados a sesión extraordinaria con toda la premura del caso, para redactar y aprobar un decreto, con dispensa de trámites y de duración restringida a los siete días posteriores al desastre, mediante el cual se permitía a los familiares, previa identificación, sacar del sepulcro los restos del difunto (o lo que de ellos quedase) y, según su opción, darles nueva sepultura o hacer con las cenizas lo que mejor les pareciese. La exigencia de la identificación fue pura fórmula, pues faltó el recurso humano para revisar tantas cédulas de identidad personal, aun cuando fueron convocadas las reservas del ejército, en calidad de autoridades competentes, para supervisar las tareas.

Por su parte, la Sociedad Nacional de Empresas Privadas (SONEP), que aglutinaba al noventa y cinco ciento de la industria y el comercio, emitió un comunicado en donde expresaba su profunda consternación por los hechos, al tiempo que pedía el inmediato esclarecimiento de los mismos, haciendo ver que "esta natural incertidumbre, de prolongarse más de lo razonable, podría traer graves y dañinas consecuencias para la productividad del país", aun cuando en el texto no explicaban demasiado la conexión entre una cosa y otra. En todo caso, acordó conceder a todos sus empleados un día de permiso, con goce de sueldo, a fin de facilitar las tareas de recolección de cenizas.

Prácticamente toda la ciudad estuvo en el cementerio en los días posteriores al inexplicado acontecimiento, contando a quienes acudieron allí para rescatar ancestros y a quienes, viendo que los interesados no iban a ser capaces de tomar pala y azadón, vieron un claro chance para mejorar sus débiles economías. En tanto que el plazo del decreto era perentorio, las tarifas de los desenterradores eran altas, tanto más en cuanto menor iba siendo el tiempo que quedaba para la finalización del período concedido.

Por las dudas, pese a que aún no había una postura eclesiástica oficial al respecto, la mayoría de los deudos solicitó que las cenizas se rociasen con agua bendita, antes de volverlas a sepultar conforme a la tradición cristiana. Ante la demanda, la Iglesia Católica y el Cuerpo de Bomberos organizaron una ceremonia en la cual el Arzobispo -con la venia del Santo Padre, vía fax- bendijo cinco camiones-cisterna, con sus respectivos motores de bombeo y mangueras, para llevar el sagrado líquido a la multitud suplicante a través del riego por aspersión. Sin embargo, hubo quienes se limitaron a guardar los restos en cajitas o cofrecillos, llevando sus muertos a casa o deambulándolos por lugares añorados antes de soltarlos al viento, verterlos en ríos y mares o simplemente tirarlos por el desagüe.

Pasada un poco la confusión y siendo algo menor el caos, vinieron las explicaciones en avalancha, tan variadas como cabe imaginar a partir del inesperable hecho. Como era previsible, los primeros y más abundantes en hablar fueron los apocalípticos de las distintas religiones, para quienes el hecho se constituía en la primera de varias señales del fin del mundo. Como tantas veces en la historia, pero nunca con mayor fundamento real, se organizaron varias peregrinaciones y nuevas sectas de los elegidos. De estos últimos, uno llegó a afirmar que Dios se había convertido a una religión oriental de nombre olvidado, eligiendo la capital del país, por su alegórica denominación, como pionera en la purificación de cadáveres por vía de la cremación, camino a la nuevo punto salvífico. En tal sentido, eran inminentes análogos acontecimientos en todas partes del mundo occidental.

Los intelectuales se dividieron entre quienes hablaban de influencias extraterrestres hasta otros más precavidos que se quedaron esperando -en vano, por cierto- a que los científicos llegados al país desde los institutos de investigación más importantes del mundo, a propósito del hecho, hicieran público su diagnóstico (de haber éstos llegado a alguno más o menos verosímil).

Algunos políticos de izquierda plantearon todo el asunto como una gran conspiración de las empresas de la construcción, con la ayuda encubierta del gobierno de los Estados Unidos, para erradicar de todo el continente la absurda costumbre de enterrar a la gente en cementerios. Para tal fin habrían usado, vía satélite, una técnica parecida a la de los hornos de microonda. El objetivo de toda la operación, según estos analistas, era claramente económico, puesto que tan grandes extensiones de tierra suelen estar ubicadas en el centro de las ciudades y, por lo tanto, son de gran plusvalía, pudiendo erigir allí grandes centros comerciales.

Un líder indígena sostuvo que aquélla había sido la venganza de los antiguos dioses, vencidos en la conquista y vueltos a derrotar con la matanza de los Izalcos en el año 1932.

Entre los ires y venires colaterales al suceso, pocos repararon en que la única tumba intacta, y ahora tan radiante como nunca, era la de las piedras de mar, frente a la que estaba la cera derretida de la velita roja, puesta allí por su anciano y único visitante, quien decía cosas como en secreto y en lengua extraña, sentado todavía frente a su anónimo sepulcro.


Leonor y el espejo



1

Leonor, los atardeceres y ella siempre se entendieron. Sus tardes de hija única transcurrían de manera poco novedosa, costumbre tan sólo interrumpida por ocasionales reuniones con compañeros de colegio, para hacer trabajos de los cuales nunca supieron si en verdad valía la pena el tiempo en ellos dejado. El patio de la casa grande, oculto al mundo bajo un excepcional follaje quebradizo de hojas transparentes, les era propicio. Allí solía juntarse consigo misma para liberar sus solitarios juegos de niña, remanentes pegajosos que fueron casi naturales hasta ya entrada en una pubertad definida por nuevas prendas que debía usar, pese a considerarlas fundamentalmente innecesarias.

La parte construida de la casa era espaciosa, de paredes gruesas y blancas, revestidas con una cal brillante que en las noches de luna llena teñía el lugar de un aura como de sueño-dentro-de-otro-sueño. El calor vespertino nunca podía entrar, quedándose atascado en la mampostería de principios de siglo. Era la casa de los antepasados, heredada irremediablemente de generación en generación; casa aromada de incienso atrapado en sucesivos rezos cada trece de junio, día de San Antonio de Padua; casa con cielo falso de tablas de madera, por sobre el cual se esparcían incontables y pequeñísimas esferas, producto de las termitas acumuladas año con año; casa viva, en proceso, nunca quieta; casa de teja con olor a humedad de tierra y musgo microscópico, generador de un clima cordial, nunca áspero como las casas-bloque más recientes, todo prefabricado, sin resistencia ante sobrecalentamiento acumulado, como de horno infernal; casa añeja con sus grietas, rasgaduras-testigo de temblores nunca previstos y -sin embargo- cotidianos; casa envejecida conforme los ciclos inmemoriales lluvia-sol-lluvia-sol; casa sin rincones desconocidos; en consecuencia: casa aburrida.

Leonor lo sabía y por eso siempre fue puntual a las citas. La señal la daba el sol, cuando comenzaba a mirar de reojo a la Tierra y los colores se reinstalaban en las cosas, todo distinto del mediodía en que nada era visible de frente, so pena de pescar una granulación molesta entre la retina y el cerebro. Ella ponía pausa a lo que estuviera haciendo y venía. Las más de las veces hablaban. Pero cuando no, bastaba su mirada grande y seria, observándola en todos sus detalles.

2

La primera vez, como era previsible, la encontró por casualidad. Su cabellera lucía en su punto castaño, acomodada con una breve cinta de color, para hacerla brotar en una cascada hasta difuminarse hacia la mitad de su espalda. Había un lejano rumor de televisor encendido y, en la cocina, se escuchaban los ruidos casi metálicos con que la doméstica luchaba para preparar la cena. Leonor pedaleaba dificultosamente un triciclo por sobre la tierra irregular. La semana anterior había cumplido tres años, tantos como los que ella llevaba mirándola de lejos desde su lugar. Sin duda debió sorprenderse de encontrar a una extraña en el fondo del patio. La saludó preguntando -en su dialecto de niña- cómo se llamaba, a lo cual respondió con un "Leonor, como vos", confusamente entonado para la ocasión. La niña dijo: "¡Seguime, seguime!", invitando a corretearla por todo el patio. La diversión fue todo un éxito mientras duró el atardecer y desde entonces fue su infaltable compañera de juegos.

3

Cuando lo contó a sus padres y compañeros, Leonor se enteró de la existencia de los amigos imaginarios, surgidos de la fantasía de casi todos los niños. Durante los primeros años, la asumió de ese modo sin ningún problema. Así, a nadie llamaban la atención sus cotidianos y aparentes monólogos vespertinos. Ante todos, la mujer del jardín era un admirable producto de la creatividad infantil, quien hasta habría inventado, para explicar las características peculiares de la supuesta construcción, una curiosa teoría: que todo el patio era una especie de espejo -era el término más parecido y menos complicado, como su amiga se lo planteó- colocado a la mitad de la vida. De ese modo, mientras Leonor crecía en edad, ella -quien no era otra cosa más que su propia imagen- iba disminuyendo en años, cada vez más joven. Leonor no vislumbró entonces todas las implicaciones ni sospechó la razón de tales visitas.

4

Conforme pasaron los meses, no sólo fue su cómplice de esparcimiento sino la mejor consejera posible. Y no podía ser de otro modo, pues conocía todo su pasado como lo que era: el suyo propio, a lo cual se sumaba la sabiduría que sólo la experiencia proporciona. Ella siempre supo exactamente cómo se sentía, qué la afligía, cuáles eran sus temores y cómo podía enfrentar mejor los problemas que inexorablemente la iban a retar, aun cuando no le estaba dado poder cambiar el curso de los acontecimientos.

5

Todo marchó bien hasta una tarde de junio, cuando Leonor cayó en la cuenta del verdadero significado de su imagen cada vez más joven. Celebraban su decimotercer cumpleaños sentadas al lado del naranjero, con un bullicioso trasfondo de zanates compitiendo con el indescifrable trepidar de los automóviles desde el centro cercano de la ciudad.

- ¿Cuántos años cumplís ahora? -preguntó Leonor a su futura figura, quien acaso le habría mentido de no anticiparse la niña a cualquier intención posible, yuxtaponiendo esta sentencia:

- Parecés como de veinte. Ya no tenés arrugas a la par de los ojos y has adelgazado bastante desde que te conocí.

Leonor casi había acertado y su reflejo no pudo menos que hacer un gesto para confirmar el dato: "Diecinueve, para ser exacta", presintiendo la deducción que seguía.

- Quiere decir entonces... ¡dentro de tres años vamos a tener la misma edad! -exclamó, como si de un descubrimiento jubiloso se tratase.

La joven mujer respondió afirmativamente, mientras miraba a la niña levantarse para dejar a su entusiasmo salir contagiando al entorno. Casi gritaba expresiones propias de su edad para denotar alegría, emocionada por aquella inusual manera de conocerse a sí misma.

Pero poco duró tal estado de ánimo. Leonor se detuvo invadida por una seriedad contundente, al caer en la cuenta de que su vida terminaría, sacando cuentas más o menos aproximadas, a los treinta y dos años. Cesó sus movimientos y fue sentándose despacio con los ojos acuosos, no era para menos.

6

Durante días no hablaron. Leonor se limitaba a contemplarla, a ver en ella su propia vida dentro de pocos años y a interrogar en silencio cada parcela de su rostro venidero.

- ¿Cómo me voy a morir? -le preguntó después de varias noches en vela, que ella conocía desde siempre.

- No lo sé -respondió.

- ¡¿Cómo que no sabés?¡ ¡No te creo!.

A esa edad, como era propio, la sacaban de sus casillas las respuestas retardadas y, sobre todo, sospechando que le ocultaban las cosas. Todo quería descubrirlo: su mundo se ampliaba hasta bastante más allá de los muros caseros y tenía muy poca paciencia.

- Es que de verdad no sé. Fijate bien en lo que te digo: tengo diecinueve años y no puedo saber lo que me va a pasar a los treinta, porque no me ha pasado todavía. Es más: ni siquiera sé de mi vida a los veinte. Voy olvidando cada instante que vivo. El día de mañana para vos contiene el futuro, pero para mí contiene el pasado. Crezco al revés. A cada minuto que voy, ya lo conozco y sólo vuelvo sobre mis pasos.

Leonor trataba de comprender aquel extraño discurso, escuchando y dándole vueltas a cosas tal vez sin sentido, mas -no obstante- reales.

- No tengo ni puedo tener expectativas -dijo la imagen alicaída, luego de una pequeña pausa por la cual se filtró un ruido como de mar provocado por el viento rozando las copas de la arboleda. - No existen para mí las sorpresas. Los momentos felices que voy a vivir son sólo rutinas anunciadas. Y mis tristezas, para vos imprevistas, las tengo como sentencias atormentadoras. ¿Entendés lo que te digo...?

Por las colinas de la ciudad se regó el eco de un motor estridente corriendo sobre la autopista aledaña, el cual coincidió con una inexplicable pausa concertada en el interminable gorjeo de los pájaros que regresaban de su día volante. Leonor mordía suavemente su mano, la cual servía de apoyo para su mentón adolescente.

"Si no hacemos nada -había querido continuar, sin nunca atreverse- vos vas a seguir creciendo hasta entrar en agonía y morir, mientras yo seré como una recién nacida que se irá comprimiendo hasta disolverse en sus elementos primordiales. Yo iré hacia una infancia sabida; vos, a un futuro condenado a la extinción poco después de los treinta."

"Si nunca hubieras venido -habría podido replicar Leonor, como la imagen sabía perfectamente- yo no conocería la fecha de mi muerte. Pero ahora -era como un justo reproche- no sé si tenga ánimos para hacer todo lo que hubiera querido".

7

Leonor celebró su cumpleaños dieciséis en una tarde lluviosa, sola y rodeada de brisas húmedas y retumbos celestiales. Así lo quiso y así lo pidió. Durante los meses anteriores, había sido testigo de cómo se iban acercando al punto de identidad absoluta. Las pláticas más recientes podían describirse como verdaderas introspecciones, diálogos centrados en sí mismas. Incluso, ya cerca del día esperado, la imagen se atrevió a revelarle alguna información casi insignificante sobre su futuro inmediato, como cabía esperar de un espíritu de curiosidad hiperdesarrollado en dos quinceañeras.

El encuentro fue llevado a cabo con toda la paciencia del mundo. Se contemplaron siendo totalmente iguales: los mismos gestos, las mismas gotas de lluvia esparcidas por su tez ovalada. No hablaron: cada una sabía los pensamientos y respuestas de la otra como los suyos propios. Se abrazaron, deseándose -sin decir- feliz cumpleaños y feliz vida. El instante había llegado y comenzaron un lentísimo giro de ciento ochenta grados.

8

Nunca más Leonor volvió a sus citas en los atardeceres. Incluso negó -muy sinceramente- que alguna vez hubiera tenido tal costumbre. Sus padres lo atribuyeron al olvido inconsciente de ciertos hábitos de la niñez, una etapa ya superada. No obstante, el fenómeno se extendió hasta casi todos los hechos de su pasado. Casi tuvieron que contarle su vida hasta los dieciséis, como si de otra persona se tratara. En compensación, desarrolló un inusual entusiasmo por cada idea que se le ocurría realizar, así fueran microscópicos proyectos, en especial cuando los resultados eran total y absolutamente impredecibles.

A veces soñaba con una jovencita de mirada grande y cabellera castaña, algo menor, quien regresaba feliz a revivir su infancia fascinante y desconocida.

A LMH


CD y algo de historia:





El inicio musical de Rafael Francisco Góchez se remonta al año 1977 cuando tomó un curso informal de guitarra y se incorporó, al año siguiente, al grupo musical que había en su colegio.

Las primeras canciones originales fueron estrenadas en un grupo juvenil que amenizaba misas dominicales

En 1985 participó por primera vez en las eliminatorias nacionales para elegir al representante salvadoreño en el Festival OTI de la Canción Iberoamericana con una canción titulada "Ideas que vienen mientras voy caminando"

En 1986 llegó también a semifinales en el mismo evento con "Somos".

En 1987 formó equipo con Marco Antonio Chacón y, con el tema "Siempre un cantor estará", llegaron hasta el 4º lugar.

En 1989 junto a Manuel Gómez, una de las mejores voces nacionales, logró el tercer lugar con el tema "Oración"

Pero no fueron las eliminatorias OTI el único espacio donde expresó su creatividad musical. Hubo algunos festivales universitarios de la canción, en dos de los cuales obtuvo el primer lugar: en 1986 con el tema "Algo sencillo", sobre letra de un texto de su hermana Delfy, cantado por Antonieta Pinto; y en 1988 con "Clamor de las hojas", en dúo con Nora Méndez.

En la misma universidad finalizando la la década de los '80, formó el grupo "Sinapsis", con el cual dieron varios conciertos y participaron con tres temas suyos en la producción "Asaltando un cielo nuevo", un LP homenaje a los mártires jesuitas.

Luego de años de aparente retiro en 2007 graba sus composiciones más audibles en su último CD: "No hemos olvidado".


Publicaciones del autor




¿GUERRITA, NO?

Cuentos colección Gaviria Serie menor. UCA Editores, San Salvador, 1992.


DESNUDOS EN UNA CAPILLA

cuentos Colección Caballito de Mar CONCULTURA, San Salvador, 1993.


DEL ASFALTO

cuentos. Colección Gavidia. Serie menor. UCA Editores, San Salvador, 1994

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