Marvin Galeas - El Salvador
Diciembre en la vida
Tomado de El Diario de Hoy
Publicado 8 de Diciembre 2005
Es definitivo: diciembre tiene magia. No se trata de una superchería como diría quizá un escéptico hombre de ciencias, ni de una treta comercial como diría un rematado marxista. Es que es el mes cuando se celebra el nacimiento de Jesús, el hombre que partió la historia en dos, argumento que es contundente incluso para los no cristianos. También es el mes cuando finaliza el año, lo cual produce una sensación de un delicioso borrón y cuenta nueva.
En este mes el día es más brillante, la noche más estrellada y el clima más fresco. Los cerros a lo lejos, los jardines de las casas y la maleza en cualquier lado dejan de ser verdes pero todavía no están secos del todo, por lo cual adquieren un precioso tono pastel de transición al verano pleno. Los niños no van a la escuela. En las empresas se hacen emotivas declaraciones en sus respectivas fiestas en las que se reafirma que “somos una gran familia”. Se prende un lucerío por todos lados.
Desde los primeros días del mes algunas cosas ya no parecen tan preocupantes como antes. Se recupera un buen pucho de optimismo perdido ante la situación. El trabajo cotidiano se hace con estilos más relajados y hasta las reuniones de oficina tienen un aire de informalidad. Se descubren nuevos vecinos que han estado allí durante meses. Hasta se soslayan odios y se reafirman amores.
La alegría también es porque se ha salido adelante con el año. Atrás quedó ese gran lunes de enero y sus ingratos gastos, la incertidumbres de febrero y marzo; los días grises y tensos de los junios y julios; las malas noticias de los últimos meses de invierno y sus tragedias naturales. Y aunque cada año parezca una copia al carbón del anterior, hay siempre una esperanza en diciembre de que el próximo será siempre mejor.
Mis mejores recuerdos encuentran en diciembre su mejor referente. Raquelita, la de los ojos miel, comprando a última hora en aquel viejo centro de San Salvador los regalos de Navidad.
La acompañaba un niño flaco y orejón vestido con traje de doctor Kildare, que había culminado primer grado, por lo que orgulloso leía en una vitrina de almacén, Feliz 1964. Y ese niño, que era yo, se pondría melancólico 18 años después, cuando pasó su primera Navidad en el frente de guerra.
Si, fue en diciembre de 1982. Y era el mismo cielo azulísimo de siempre, el mismo vientecito oloroso y, lo más sorprendente, el mismo espíritu alegre y solidario de siempre en la gente, sólo que esta vez en el corazón de la guerra. Había una tregua no pactada entre los bandos. Las muchachas guerrilleras se ponían más bonitas y en las rigurosas dietas de frijol, sal y tortilla, comenzaron a aparecer uno que otro huevito frito y hasta un milagroso pedacito de pan dulce traído de Corinto.
Maravilla, Marianita Chi-cas y yo pedimos permiso para ir al Zapotal, un cantón ubicado como a dos kilómetros de Joateca, donde, contrario a la Guacamaya, hay abundantes árboles frutales. Pasamos, al mediodía, bañándonos en el río Sapo. Marianita, nacida y crecida en la capital mexicana demostró sus dotes de excelente nadadora. Después nos sentamos a la orilla del río a contar anécdotas de nuestras navidades.
Llegamos al caer la tarde a una casa que servía de lugar de ensayo para los Torogoces de Morazán. Y allí estaban ellos. Felipe, Sebastián y Arturo, acordeón, violín y maracas, respectivamente, acuerpados por un bajo enorme, guitarra, cencerro y tumbadora cantaban con más entusiasmo que entonación: “Aquellos diciembres, aquellos diciembres, aquellos diciembres, que nunca volverán”.
Y entonces el pecho se me volvió un pozo de melancolías y recuerdos. Visitó la memoria aquel diciembre del 64 agarrado de la mano de Raquelita, la de los ojos miel. Y después los torogoces cantaron aquella otra que dice “oh qué triste es andar por el mundo, sin oír una voz cariñosa que diga amorosa, llegó Na- vidad”, y entonces si que se me anudó la garganta. Faltaban muchos diciembres y mucha guerra todavía.
Han pasado 13 diciembres desde el fin de la guerra y 23 desde aquel ensayo de los Torogo-ces. Extrañamente las cosas se han invertido. Aquel primer diciembre en guerra me hizo recordar una Navidad en paz. Ahora estas navidades en paz, me hacen recordar aquel diciembre en la guerra. Y lo recuerdo porque ese día tuve la certeza de que viviría y que volvería a celebrar la Navidad en familia, pero con la larga ausencia de Raquel, a quien ya no volví a ver.
Mensaje en una botella
Publicado 20 enero 2005, El Diario de Hoy
Hace casi cinco años escribí una columna que explica un poco mi manera de pensar y actuar. El hecho que se describe ocurrió hace ya más de una década. Pero el compromiso adquirido frente a uno de mis más queridos seres sigue y seguirá vigente hasta el final de mis días.
Cada jueves hay lectores que me piden que les envíe esa columna. No deja de sorprenderme la cantidad de ellos. Muchísimos viviendo fuera del país me afirman que se las han comentado, pero que nunca la han leído. En respuesta a ellos, transcribo este jueves la columna tal como se publicó el 26 de octubre de 2000:
“Raquel Perla, la de los ojos miel y el cabello castaño, vivía con una tremenda ansiedad. Su hijo se había ido a la guerra y en cualquier momento se lo podían matar. Cada vez que los aviones de combate surcaban el aire y se dirigían hacia el norte de Morazán, su corazón se encogía. Cuando las bombas de 500 libras estallaban, temblaba la tierra, y su espíritu también.
“Al caer la tarde se recostaba en una hamaca a la sombra de la casona. Sintonizaba Radio Venceremos y escuchaba la voz del muchacho. El alma le volvía al esqueleto. Le importaba un pepino lo que decía: los apasionados llamados a empuñar las armas, los partes de guerra, las posiciones políticas. No le interesaban las demandas populares ni los intereses geopolíticos de los estadounidenses ni nada. Le importaba su hijo más que cualquier utopía y punto.
“En 1987, la Fuerza Armada apretó más de lo acostumbrado. El operativo, además de prolongado, era más intenso en cuanto a capacidad de fuego. La radio tuvo que suspender sus transmisiones por un tiempo largo, demasiado largo para aquel corazón de madre. Ella sólo miraba pasar las caravanas de camiones militares repletos de soldados pintados de la cara y con todos sus arreos de combate. Iban a matar al enemigo. De eso se trata la guerra.
“Uno de esos días, Raquel, la de los ojos miel y el cabello castaño, se recostó en la hamaca asediada por la ansiedad y la angustia. La radio, sintonizada en los siete megahertz de la onda corta, sólo transmitía estática. Cuando los soldados se retiraron y la voz del muchacho salió al aire, era demasiado tarde. El derrame cerebral había sido fulminante. Raquel había cerrado los ojos color miel para siempre.
“A ella no la mataron los escuadrones de la muerte ni los comandos urbanos ni los bombardeos ni las minas, pero de todos modos la mató la guerra. Es una de las millares de víctimas inocentes. ¿A quién debo culpar por esa muerte? ¿A ‘las injustas estructuras sociales’? ¿A la Fuerza Armada por haber prolongado el operativo? ¿A la guerrilla por haberse alzado en armas? O más terrible aún, ¿a mí mismo por no haberme quedado en casa?
“Cuando todo terminó y supe de esa muerte, me estremecí de cabo a rabo. Un sabor a hiel me llenó la boca. Yo que pasé informando de bajas enemigas (‘le hemos causado al enemigo tres muertos y 15 heridos’), yo que pasé convocando a la muerte, tenía mi propia baja. La más importante, más que monseñor Romero, más que los padres jesuitas. Más que los millares de muertos en El Mozote. Al final de tanta guerra, todos esos muertos eran la más trágica estadística. Pero Raquel era mi madre.
“No me siento víctima. Nadie que empuñó un fusil. Nadie que incitó al odio. Nadie que planificó operaciones militares. Nadie que estimuló la guerra puede declararse víctima, aunque hayamos perdido a familiares queridos de la manera más brutal e injusta. Todos los muertos son importantes. Desde monseñor Romero hasta el más humilde de los soldados.
“Recién salido del frente tuve la oportunidad de estar en Pochomil, una playa en Nicaragua. No pude evitar pensar en Raquel. Entonces escribí en un papel: Raquelita: Te pido perdón por el dolor que te causé. Le pido perdón a todos los que pude haberles hecho daño. Nunca más volveré a tocar un arma. Jamás de mi boca, de mi mente o de mi pluma volverá a salir una palabra de odio. Sólo le pido a Dios que me perdone y que me dé capacidad de perdonar. Sólo le pido a Dios que me regale una hija para que en ella pueda verte a vos y darle todo el amor que ya no te pude demostrar...”
Metí el papel en una botella y lo lancé al mar. Hoy que voces insensatas pugnan por abrir dolorosas heridas con más ánimo de revancha que de justicia, recordé aquel mensaje en una botella. Han pasado 10 años desde entonces. Muchas cosas han cambiado. La capacidad de perdonar y de olvidar no a nuestros muertos, sino nuestro propio dolor es lo que ha hecho el milagro de la paz.
El 4 de enero de 1992, cuatro días después de que se acordó la paz en Nueva York, estando en México, recibí una llamada de mi esposa. “Es niña”, me dijo. El viernes 31 de enero, de regreso en San Salvador, abracé por primera vez a esa cosita de cabello castaño. Tenía 25 días de nacida y se llamaba Raquel. Mi mensaje en una botella, estoy seguro, fue recibido.
LA CASA DE LOS PERLA
Publicado en El Diario de Hoy.
En la casa de los Perla, había siempre una jarrilla de café, un bolero sonando “Viajera que vas, por tierra y por mar...”
La factura que tienen que pagar los pueblos por la compra de la ilusión llega a veces tarde y es siempre costosa y trágica
Después de la trágica noche provocada por los ladrones en el corazón de la hacienda La Candelaria, Juan Pablo y Herminia decidieron irse para cualquier lado. Había sido el cuarto o quinto robo en los últimos meses.
Pero esa última vez, los maleantes se habían ensañado. Se llevaron todo lo que pudieron y lo que no, lo quemaron. Fue una noche de remolino de machetes. Las mujeres corrieron a esconderse en los matorrales y los hombres resistieron, sin resultados, hasta las primeras luces del alba. Los primeros rayos del sol encontraron a los Perla entre escombros humeantes y reses muertas.
Juan Pablo, alto, delgado, talentoso violinista, se había enamorado de su prima Herminia, ojos miel, pelo castaño, esbelta y carácter de hierro. Fundaron allí, donde ahora era sólo un panorama desolado de brazas y horcones encendidos, una estirpe donde el apellido Perla se multiplicó: Herminia Perla y Perla de Perla y Perla.
Se fueron al atardecer, en una carreta de bueyes. Sólo llevaban algunas pertenencias, unos cuantos pesos y a su mayor tesoro, Raquelita: blanquita, ojos miel como su madre, pecas hasta en las uñas, castañita y de mirada atónita. “Vamos a Jiquilisco, dicen que allí se puede hacer pisto”, había dicho Juan Pablo. Herminia aceptó. Y para allá se fueron. Pero la carreta no pudo más después de varios kilómetros recorridos. Estaban en la entrada de Jocoro.
Y allí se quedaron. Al cabo de unos años, Juan Pablo y Herminia, que habían comenzado en una casita alquilada una venta de dulce de laja y granos básicos, eran propietarios de una casona, frente a la plaza, donde vendían de todo: Forraje para el ganado, telas, camisas, agua florida, zapatos siete leguas, cal, sal, pastillas de cuajo, ungüento La Campana, libros Mantilla, mecates para campistos, sombreros de palma, ganchos sandinos, brillantinas para el pelo, lociones y desodorantes para guardias nacionales.
El negocio se expandió a Honduras. Compraron dos camiones. Juan Pablo se encargó de los camiones, mientras Herminia, con mano de hierro y sentido común, manejaba la tienda. La casa se fue poblando: hijos, sobrinas, dependientas, mozos y cocineras. Entre los llegados de afuera, sobresalía la figura de don Jacobo, el motorista de los camiones. Era alto, moreno y flaco. Sabía inglés y era aficionado al béisbol de las grandes ligas.
Con lo que ganó con un billete de lotería premiado, compró un escarabajo azul, cuyos motores escandalizaron las madrugadas pueblerinas. Don Jacobo se instaló en una pieza de la casona, donde pasaba oyendo a Glen Miller, Carlos Gardel, Luis Alcaraz, Nat King Cole, La Billo’s Caracas y Lucho Gatica. Leía diccionarios Larousse y revistas Selecciones. Era el más culto de todos los motoristas.
Raquelita, luego de un matrimonio fallido, había regresado con sus tres varoncitos a la casona. Sus hermanas Eva, la dulce, y Minita, la bonita, las bichas, estudiaban en el colegio Bautista de Santa Ana. Otoniel, el santo, estudiaba en el colegio Adventista de Costa Rica; Pablo, el perseverante, y Toyo, el guapo, vivían una adolescencia inquieta y temeraria, entre escapadas y regaños de pastores. Las cocineras y dependientes se enamoraban de los mozos del camión, y las sobrinas suspiraban por los jefes del telégrafo, los profesores y los sargentos de la Guardia Nacional.
En la casa de los Perla, había siempre una jarrilla de café caliente, un bolero sonando “Viajera que vas, por tierra y por mar...”, un negocio en marcha, una cocinera enamorada, alguien despidiéndose, alguien regresando. Toyo, el guapo, tuvo amores de adolescente con Marina, una huérfana de piel oscura y mirada triste, a la que Herminia crió desde que la encontró abandonada a los ocho años en la puerta de la tienda. Nació Mauricio, pelo rubio y piel blanca. Marina se fue y Herminia fue desde entonces la verdadera madre del niño.
Los años pasaban. Juan Pablo murió. Los hijos se graduaron y se fueron. Las cocineras y dependientas se fugaron con los mozos. Las sobrinas se casaron con sus respectivos telegrafistas y clientes de tienda enamorados. A los hijos de Raquelita, los nietos, les dio por meterse a la aventura guerrillera, de la cual regresaron un buen día con desencantos e historias maravillosas que no sorprendieron a Herminia.
La casona de los Perla se fue quedando sin alegrías y sin ruidos.
Mauricio, el rubio, el hijo de Toyo y de Marina, tuvo amores de adolescente con la última de las domésticas y nació en un camastrón, el mismo donde nació Mauricio, una niña de mirada profunda y gesto noble. Herminia le cortó el cordón umbilical y pensó que la criatura había nacido al amanecer en la más absoluta soledad. En ese mismo momento decidió su nombre: Alba Soledad.
Hace seis años regresé a la casona. Herminia, la abuela, había muerto. Al pie del cañón. A la par de la gaveta de la tienda.
Estábamos todos: los hijos, los nietos, las sobrinas, las cocineras, las dependientas, los mozos. Luego del entierro, Oto, el santo, decidió clausurar la casona. Todos nos fuimos, echamos un último vistazo, allí donde crecimos, jugamos y amamos. La última en salir fue mi prima, una de las más queridas: Alba Soledad Perla y Perla.
Las grandes letras
Publicada 29 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy
Decía un antiguo profesor que la fórmula para el éxito era noventa por ciento de transpiración y cinco por ciento de inspiración... De acuerdo cuando se trata de meter goles, sacar buenas notas, obtener mejores salarios o mejorar la rentabilidad en las empresas. La poesía, sin embargo, es otro rollo. La inspiración y el talento del poeta son los elementos clave del arte poético. Alguien aplicado puede obtener un doctorado en Letras en la universidad Complutense de Madrid y ser incapaz, al mismo tiempo, de redactar con un mínimo sentido de belleza un telegrama, no digamos un verso.
De la rural y humilde aldea de Orihuela, alejado de las aulas, surgió Miguel Hernández, el poeta pastor, quien nos estremece el alma con versos como “Tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler, me duele hasta el aliento”... Tampoco es cuestión de madurez y temperancia: Arthur Rimbaud, todavía olía a pañales cuando escribió “Temporada en el infierno”. Dividió la poesía francesa en antes y después de Rimbaud. Después se dedicó a embriagarse y fornicar hasta que el alma le quedó apestando a sexo y coñac.
No es cuestión de moral y religiosidad tampoco. Edgar Allan Poe escribió “The Raven”, ese extraordinario canto al pesimismo, entre trago y trago poco antes de morir, totalmente alcoholizado, en las afueras de una sucia taberna de Maryland, Vir-ginia. Y la casta Santa Teresa de Jesús, escribió en la soledad de su claustro: “No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte”. El denominador común es el talento.
Pedro Palacios, cuyo seudónimo es Almafuerte, exhibe su carácter profano y su temple de acero, diciendo: “Procede como Dios que nunca llora o como Lucifer que nunca reza”. Mientras que el frágil y enamoradizo Manuelito Acuña se voló la tapa de los sesos, después de escribir su conocido nocturno a Rosario: “Pues bien, yo necesito decirte que te quiero”. Que importa la temática. Lo que importa es el talento.
Es esa capacidad de contar, como decía Julio Cortázar, que a Juan le duele la cabeza, de una manera tan bella, con palabras tan certeras que el alma queda temblando. Lo de menos es Juan y su jaqueca. Federico García Lorca, por ejemplo, supo que Antonio Torres Heredia fue muerto a puñaladas en una riña callejera. Tema para la crónica roja.
Pero García Lorca refiriéndose al suceso escribió: “En la lucha daba saltos jabonados de delfín. Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil”... ¡Caracoles! qué imagen. Más adelante en el Romancero gitano y en lo que pudo haber sido un sórdido pasaje de pornografía vulgar, la prodigiosa pluma de Lorca, la convierte en un monumento al erotismo: “Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Esa noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar, sin bridas y sin estribo”.
En América Latina, Pablo Neruda dice que tiene “un jardín de rosas que no existen” y su compatriota Vicente Huidobro ironiza con tanto azúcar nerudiana: “¿Por qué cantáis a la rosa, oh poetas? hacedla florecer en el poema”. La cosa cantada versus la cosa creada. ¿Cuál propuesta es mejor? Que lo discutan los diletantes en el bar alternativo. Neruda y Huidobro, como Lorca me erizan la piel. Y punto.
Vallejo hace que me duelan los huesos: “Amadas sean las orejas Sánchez, el desconocido y su señora, el que perdió su sombra en un incendio, el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas”. Mayacowsky se adelantó decenas de años a Pink Floyd en su denuncia del totalitarismo hitleriano y estalinista: “La barca de la vida se estrelló contra los muros”. Después se pegó un tiro.
Hay poemas de la patria que me erizan la piel: “Se cuentan casos extraordinarios, de los que el frío flageló siniestro. Con estos casos se hacen hoy los diarios, quizá mañana se refieran al nuestro”, de Vicente Rosales y Rosales. De Roque: “El día en que te mueras te enterraré desnuda, para que limpio sea tu reparto en la tierra, para poder besarte la piel en los caminos y trenzarte en cada río tu cabello disperso”. O “Yo no soy Pedro, Juan, ni Segismundo. Y tú poesía, viento, ni lo haces más atroz, ni lo remedias”, de David Esco-bar Galindo.
No sé cuál sea la regla, aparte del talento y la inspiración. Sospecho que es como dice Huidobro: Que el verso sea como una llave que abra mil puertas. “Una hoja cae, algo pasa volando. Cuanto miren los ojos creado sea y el alma del oyente quede temblando”.
El Café de los poetas muertos
Aquella tarde de 1992, recordé a mis muertos del Café. Había soñado en reunirme con todos después de la guerra. Algunas de las meseras no pudieron contener las lágrimas
Publicada 3 de agosto de 2006, El Diario de Hoy
¿Acaso perdimos para siempre el centro de la ciudad? ¿Quedó condenado a ser para la eternidad ese territorio de nadie, revoltijo de ventas y de miradas perdidas; calles que, después de cierta hora, son pasarelas de putas, maricones y maleantes donde la vida no vale nada? No siempre la cosa fue así. Hasta hace poco más de dos décadas el centro era el lugar para el paseo, la compra y el encuentro.
Yo no tenía idea de lo que había pasado con el centro de la ciudad, hasta que regresé de la guerra. Un sábado de febrero de 1992, en aquellos primeros días de pos guerra, me fui con una carguita de expectativas y nostalgias a recorrer los entrañables sitios que gravitan en torno a la Plaza Libertad. Habían pasado 12 años, desde la última vez, que había estado allí. Muchas veces, en el frente de guerra, me había dicho a mi mismo como Pablo Milanés: “yo pisaré esas calles nuevamente”.
Había un lugar al que de manera especial quería ir: El Café Bella Nápoles. Allí, en los setentas, se juntaban los poetas a intercambiar poemas acabados de salir del horno, hablar de la gran literatura, de política, de todo y de nada. Fue allí donde, siendo adolescente conocí el Ulises de Joyce y los portentosos versos de Saint John Pearce, las tres novelas de Sábato y los poemas de la oficina de Mario Benedetti.
Con el corazón acelerado entré al Café. Adentro parecía que el tiempo se había detenido. Todo parecía igual que 12 años antes: los colores, los sabores, los olores. Muchas de las meseras eran las mismas. Hasta la dueña seguía igual, sentada en la caja como en un trono desde donde controlaba el mundo. Las meseras me reconocieron y nos abrazamos. Me preguntaron por los poetas. ¿Qué había sido de ellos durante los terribles años de la guerra?
Les conté lo que mi hermano Geovani me había relatado días atrás, durante la inolvidable noche del reencuentro con él en México. Leo Argüello, el actor, vivía en Canadá; Dago el escultor se fue para Los Ángeles; Napoleón López, el pintor se fue para México; Fidel Cortés y Saulón, del teatro Sol del Río, recién habían venido de rodar por el mundo. Jaime Suárez, Nelson Brizuela, Roberto Saballos y Moris Abelardo se nos murieron. La guerra nos causó bajas a los del Café les dije a las meseras.
Hasta mediados de los setentas el Café de “los intelectuales” --ninguno tenía más de 25 años-- era El Scandia, ubicado en los bajos de Gran Hotel San Salvador, en el pleno corazón de la capital. Pero una tarde un joven pintor que regresaba de Alemania, sumamente irritado porque no le llevaban su capuchino a tiempo, salió a la calle y de un puntapié hizo añicos una de las paredes de vidrio de la cafetería.
El italiano que gerenciaba el hotel expulsó del Café a los poetas, como el arcángel de la espada había expulsado a Adán y Eva del paraíso. Se fueron a refugiar al Bella Nápoles, donde se convirtieron en toda una atracción por las barbas, los morrales, las pipas, las sandalias y las apasionadas discusiones políticas y literarias en torno a las humeantes tazas de café o de las heladas cervezas.
Jaime se declaraba anarquista como Durruti. Entonces lo repudiaba Roberto Saballos, quien se asumía como un pro soviético hasta la muerte. Fernando Zal-dívar, por pura provocación, recitaba entonces, con solemnidad, los 22 puntos del partido Nacio-nal Socialista de Hitler.
Y aunque ninguno de ellos se fue para un frente de batalla, la espada demencial de la guerra los tocó. A Jaime lo llegaron a sacar del Café unos hombres armados. Lo torturaron hasta matarlo y lo dejaron tirado en un basurero de Antiguo Cuscatlán. A Roberto lo mataron durante un extraño tiroteo en el barrio San Miguelito. Moris Abelardo murió cubriendo noticias de la guerra. Nelson murió en un accidente de tránsito en Managua, donde vivía exiliado.
Aquella tarde de 1992, recordé a mis muertos del Café. Había soñado en reunirme con todos después de la guerra. Algunas de las meseras no pudieron contener las lágrimas. Salí esa tarde del Café con un pensamiento de Fernando Sabater: “Lo único positivo que puede sacarse de la guerra es la firme disposición de evitar por cualquier medio posible la repetición de la catástrofe”.
El arte de escribir
Hay quienes ponen el punto y seguido o el punto y aparte sólo después de haber emborronado media cuartilla. El resultado es un bloque horroroso para los ojos, angustiante para el cerebro y nada masticable para los dientes
Publicada 12 de octubre de 2006, El Diario de Hoy
Escribir es lo que más me gusta hacer. Sin embargo me cuesta como a nadie hilar las palabras para producir las oraciones y los párrafos que como bloquecitos de letras se van ordenando para construir un relato, un ensayo, una novela, una receta de cocina o una apasionada carta de amor.
No se trata no, de saberse de memoria el lugar exacto que le corresponde, en cada oración, al sujeto, al verbo y al predicado o conjugar sin errores y sin respirar todos los tiempos del verbo satisfacer. Tampoco de presumir con palabras encopetadas como epónimo, omnímodo y astracán. Se trata de encontrar la palabra precisa con la textura, el color y el sabor que, en su contexto, empate a profundidad con el lector.
Porque las palabras, más allá de lo que denotan según el diccionario, provocan por su grafía o sonoridad sensaciones de paz o de violencia, de miedo o coraje, pasión y erotismo. En mi caso no puedo leer la palabra “exudar” sin pensar en una piel femenina humedecida por los trotes del amor. Y cuando leo la palabra “Apocalipsis”, siento el olor del azufrado infierno donde se freirá por los siglos de los siglos Satanás.
Además está la importancia de los signos. ¿Qué sería de la escritura sin el punto y la coma? Mal colocadas esas ínfimas cositas podrían generar gigantescas confusiones de impensadas consecuencias. Hay en la Biblia, por ejemplo, un diálogo entre Jesús de Nazareth y uno de los dos ladrones, que junto a él habían sido clavados en la cruz del calvario.
El Señor le dijo al ladrón bueno: “De cierto te digo hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La frase, en el griego original, no tenía comas. Para algunos teólogos, que colocan la coma después de digo, esta promesa de Jesús es la prueba de que los que se arrepienten de sus pecados, se van directo al cielo cuando mueren.
Pero otros teólogos ponen la coma después de hoy, lo cual le da un sentido completamente diferente a la frase. De acuerdo a esta última interpretación, el ladrón tendrá que esperar mucho antes de poner un pie en el paisaje celestial.
El caso ha provocado en este caso, por la ausencia de la coma, intensos debates teológicos y hasta escisiones importantes y hasta dolorosas en la historia del cristianismo. La cosa no es broma.
El punto, esa chibolita negra al final de la frase, es como la sal en la comida. Hay quienes ponen el punto y seguido o el punto y aparte sólo después de haber emborronado media cuartilla. El resultado es un bloque horroroso para los ojos, angustiante para el cerebro y nada masticable para los dientes. El puntito seguido, aparte, doble y suspensivo le pone ritmo y sabor a la lectura.
Escribiendo me he ganado un millón de amigos. Algunos de ellos me saludan cariñosos cuando nos encontramos por la calle. Los que no me conocen personalmente me mandan cartitas llenas de calor que me alegran los días. También me he ganado enemigos. Son pocos pero son. Me mandan escritos con palabras apestosas que tiemblan de ira. Palabras que evidencian el triste estado mental del remitente.
Cuánto se puede decir en pocas letras. Una vez mi papá, quien fuera por muchos años jefe de telégrafo, me relató un episodio inolvidable. Resulta que un Guardia Nacional con el alma en chingastes por la repentina pero definitiva fuga de su mujer quería poner un telegrama.
Quería contarle a la pécora lo devastado que estaba y el dolor que lo consumía. Pero al mismo tiempo, perdonero, quería expresarle gratitud por los maravillosos años que juntos habían disfrutado.
Cada palabra en un telegrama costaba, en ese entonces, cinco centavos. Y el guardia, contaba mi papá, sólo tenía 45, lo cual le daba apenas para nueve. Entonces en un alarde de síntesis, sintaxis y despecho el hombre escribió: “Feliz fui con tu cariño, triste hoy al recordar”. Nueve palabras. El uniformado pagó los 45 centavos, se enjugó una lágrima bajo el casco y se marchó.