Geovanni Galeas - El Salvador




El escape de la ceguera





Geovanni Galeas


El escritor y crítico oriundo de Lolotiquillo, Jocoro, siente que tiene un juguete nuevo después de operarse
uno de sus ojos y descubrir que los colores no eran como él creía. En el momento en que usted lee esta historia, él estará operándose su ojo izquierdo.


Morazán
Mauricio Vallejo Márquez
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com

De vez en cuando Geovani Galeas recitaba unos versos de Jorge Luis Borges para resignarse a su futuro:
la ceguera.
“Borges es uno de mis escritores de cabecera, es el que más me formó estilísticamente. Gracias a él
aceptaba mi posible destino”, comenta el literato.
Tenía la idea de que cuando no pudiera ver engrosaría la lista de escritores ciegos: “Pensé que llegaría a ser
otro escritor ciego, siguiendo la cadena de Homero, John Milton y Jorge Luis Borges. Soñé que sería uno más de la dinastía”.
y hasta hizo planes para esos días de ceguera: “Ya no podría leer, pero me acordaré de lo que he leído o
escrito. Tal vez ciego me concentre más, porque no me distraeré con lo visual”. Aunque es un crítico que ha leído mucho para cultivar su juicio, se arrepiente de algunas críticas que hizo:
“Llegué a hacer crítica de pintura, eso era irónico y lo hice sistemáticamente en México.
La mitad del cuadro me lo inventaba yo. Tengo que disculparme con los que critiqué mal y disculparme con los que
elogié. Antes que crítica hice literatura de ficción”.
Ahora Galeas trabaja con mayor atención en su trabajo y disfruta de su alrededor y sobre todo de los
colores.


Poema de los dones
Jorge Luis Borges

A María Esther Vásquez

Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden
Las albas a su afán. En vano el día
Les prodiga sus libros infinitos,
Arduos como los arduos manuscritos
Que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines;
Yo fatigo sin rumbo los confines
De esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
Y el Occidente, siglos, dinastías,
Símbolos, cosmos y cosmogonías
Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
Con la palabra azar, rige estas cosas;
Otro ya recibió en otras borrosas
Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
Suelo sentir con vago horror sagrado
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
De un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
Mundo que se deforma y que se apaga
En una pálida ceniza vaga
Que se parece al sueño y al olvido.





La muerte de un poeta (I)


En 1964, Roque Dalton, hijo de un millonario norteamericano y de una humilde enfermera salvadoreña, precoz enemigo de la dictadura, militante comunista, abogado infieri y poeta laureado, sale otra vez de la cárcel y va otra vez al exilio, a Cuba.
Allá conferencias, recitales, ron, instrucción militar, mulaticas preciosas, roce con la crema de la intelectualidad latinoamericana y piano y boleros en casa del famoso chansonnier internacional Bola de Nieve, ya su amigo del alma.
Pero en medio de tanta maravilla no deja de pensar en el paisito, donde el régimen militar amaga una apertura democrática. Y regresa en clandestinidad, cruzando de noche la frontera por un punto ciego. Pero el partido comunista ha tomado en serio la apertura y ha desmantelado su aparato clandestino.
Al poeta se le ordena ganar la legalidad. Pero él –“siempre pensando en encontrar un bar,/ en donde si quitáramos las mesas,/ quepan la madrugada y tú junto a mis ojos”–, sucumbe a la tentación de un trago ahí por la Praviana. Total, sin clandestinidad ni anhelados combates heroicos en el horizonte, qué más da un pecadillo disciplinario. Y a media cerveza viene a pescarlo de nuevo la policía.
El frío de octubre, la gripe que no cesa, la falta de cloropramicina y la soledad de la cárcel es lo de menos. El problema es qué dirán los dirigentes obreros cuando sepan que lo capturaron en un bar.
Ellos, que entre cárcel y huelga se esfuerzan por deletrear los manuales del camarada Nikitín, y a él lo miran de reojo porque va de Althusser a Michaux y de Gramsci a Saint-John Perse. “Comunistas sulfurados de mi país, ingenuos, duros tipos”, se queja Dalton.
Un agente de la CIA se presenta en su celda. Luego de varios interrogatorios estériles el norteamericano advierte: “Diremos que antes de morir trataste de salvar el pellejo y delataste a tus camaradas. No vas a quedar como un héroe para la historia, sino como un traidor”. Y agrega: “Bien sabes que para los dirigentes obreros no eres más que un hijo de puta pequeño burgués, un intelectual rémora, un mierda”.
Te tocaron la vanidad, y eso duele, poeta. Con el alma temblorosa piensas, sin embargo: “Por mí que me descabecen. Al fin y al cabo he caído en manos de esta gente por indisciplinado y bebedor de cerveza”. Justo entonces un sismo derrumba las paredes de la cárcel, y el poeta famosamente escapa al alba entre los escombros y las garras del enemigo imperialista. De nuevo el exilio.
Se instala en Praga, en calidad de burócrata del comunismo internacional, en una suntuosa oficina a las orillas del Moldava.
Allá, hacia 1965-67, todo parece una eterna primavera con poemas y melocotones, cerveza a cántaros, caviar, elevada hermenéutica marxista y suculentas muchachas rubias que nunca dicen que no.
Ha engordado quince libras y, según anota, “tengo una flotilla de autos y choferes al alcance del teléfono; viajes continuos a Francia, Austria, Cuba y Suecia; una amiga estable y algunas aventurillas de vez en cuando con las estudiantes que cantan a coro en las cervecerías”. Cárcel y exilio, alcohol y mujeres, poesía y revolución lo marcaban para el brillo y para la tragedia.


La muerte de un poeta (II)


Hacia 1967, Dalton se encuentra en Praga con su entrañable amigo, el poeta guatemalteco Otto René Castillo; y deslumbra con su erudición marxista al joven filósofo francés Regis Debray. Pero Otto René parte a la guerrilla de su país y Debray marcha con el Che Guevara a la selva boliviana.
El salvadoreño, en cambio, sin heroísmo alguno, recibe una tremenda golpiza en un lío de faldas entre borrachos, y es retratado de una manera poco edificante por el escritor español José Agustín Goytisolo: “Dalton es un poeta disparatado, medio niño burlón y medio guerrillero, un extraordinario conversador y, a decir de las mujeres, gran hombre para la cama (...) y con una gran capacidad de imponerse al alcohol a base de ingerirlo en grandes cantidades”.
Aunque, tragos y faldas aparte, trabajaba simultáneamente en cinco libros de poemas, una novela, una biografía de Miguel Mármol y un extenso ensayo sobre la lucha armada en América Latina, ya no podía más con su imagen de palabrero genial y eterno evadido de la cárcel.
Muchos de sus amigos se sumaban a las guerrillas que comenzaban a proliferar en América Latina, y aunque él se dice a sí mismo que allí también cumple una tarea importante, una pregunta le incendiaba las noches: “¿De qué me escapé yo? ¿De la cárcel del enemigo tan sólo?” Y apunta: “País mío vení/ papaíto país a solas con tu sol/ todo el frío del mundo me ha tocado a mí/ y tú sudando amor amor amor”.
Rompe con los comunistas salvadoreños, que se negaban a tomar las armas, y viaja a La Habana, donde en 1968 declara: “Ya no se trata de fabricarnos coartadas con nuestras cárceles, sudores, cicatrices –y este era el miedo que Regis Debray tenía cuando me miraba beber tanta cerveza en Praga– sino de dar todos un paso hacia adelante”.
El proyecto de incendiar América Latina (“Un, dos, tres Vietnam”), concebido por Fidel Castro y por el Che Guevara, había ya entrado en crisis con la caída del argentino.
Decidido a insuflarle nueva vida a ese proyecto, Dalton se convirtió en uno de sus principales operadores y escribió uno de los documentos capitales del debate político, ideológico y militar de la izquierda latinoamericana en ese momento: ¿Revolución en la Revolución? Y la crítica de derecha, escrito, advierte, “pensando en la ‘operación Che’, inicio proyectado de los Vietanms latinoamericanos”.
Para entonces, Dalton ya no sólo era una de las estrellas de la literatura comprometida de América Latina, sino también un reconocido especialista, teórico al menos, en las experiencias guerrilleras de Vietnam, Corea y los movimientos africanos de liberación nacional. Pero sobre todo, uno de los más respetados ideólogos del proyecto insurgente latinoamericano en su conjunto.
Había sido un poeta que cantaba a la revolución, ahora era un intelectual que la pensaba. Pero aspiraba a más: convertirse en el combatiente que la realizaría. La pluma cedía el lugar al fusil.
En efecto, su “paso adelante” consistió en incorporarse a la guerrilla salvadoreña, concretamente al Ejército Revolucionario del Pueblo: no a la luz fraterna y liberadora que tanto había anhelado, sino a la catacumba en que su asesino lo esperaba emboscado entre las sombras turbias del sectarismo y la traición.

La muerte de un poeta (III)


Joaquín Villalobos vivió veinte años al margen de la ley. El ejército nacional puso precio a su cabeza, la CIA conformó un equipo especial para cazarlo, y no es improbable que también la inteligencia cubana haya intentado su aniquilación. Fue el estratega militar de la guerrilla que en la penúltima década del siglo XX causó más de diez mil bajas a las Fuerzas Armadas salvadoreñas. Pero a lo largo de la batalla nunca lo hirió una bala ni pisó una cárcel. A finales de 1977, estaba a punto de coronar una carambola genial. Con un solo golpe obtendría tres millones de dólares, el rescate de dos guerrilleros presos y algo del prestigio que su grupo, el Ejército Revolucionario del Pueblo, había perdido por completo. La debacle había comenzado en 1975. Hasta entonces el ERP había matado o secuestrado a militares, políticos derechistas, industriales y banqueros, pero ese año también el poeta Roque Dalton pasó a la lista de sus víctimas. Repudiado universalmente por ese asesinato, el ERP se escindió. La fracción de Villalobos sufrió además infiltración policial: diecisiete de sus casas de seguridad fueron descubiertas y varios de sus miembros cayeron asesinados o capturados. Para rematar, el jefe del ERP en ese momento, Alejandro Rivas Mira, se esfumó con el dinero del grupo. Villalobos asumió entonces la jefatura de esa guerrilla en harapos, reducida a unos cincuenta combatientes sobreviviendo a salto de mata. Su primera decisión consistió en arriesgarlo todo en una operación espectacular: el secuestro de un líder de las finanzas nacionales. El golpe resultó impecable, salvo por un detalle: en el cruce de fuego con los guardaespaldas del magnate, éste sufrió una herida. El gobierno cumplió las exigencias guerrilleras a cambio de la vida del secuestrado. Pero lo que Villalobos entregó fue un cadáver. Luego diría que la libertad de dos revolucionarios valía más que la vida de un oligarca. En 1984 dirige un ejército insurgente en Morazán. Pero ha perdido el sueño y quizá pronto pierda la guerra y la vida: el coronel Domingo Monterrosa se ha propuesto cazarlo. Asedia, persigue, cerca y no da tregua con la aviación y la artillería. Es fama que a esas alturas, en el ardiente tablero de la guerra salvadoreña, Monterrosa es el rey y Villalobos la dama. El coronel ha tomado el asunto en términos personales. Sabe que las fuerzas de su adversario están exhaustas, acorraladas. Y aprieta el cerco. Los guerrilleros huyen en desbandada, dejando en abandono una mochila ensangrentada de Villalobos y el transmisor de la legendaria Radio Venceremos. El coronel sabe que no es la victoria definitiva. Pero casi. Y quiere que también el mundo lo sepa. Ordena que suban el transmisor y la mochila a su helicóptero, y con los jefes de sus seis batallones alza el vuelo hacia su cuartel, donde mostrará a la prensa sus trofeos de guerra. Desde una altura no muy lejana, Villalobos observa con sus binoculares la maniobra. No está herido. Todo ha sido una simulación perfectamente planificada: en el transmisor hay ocho tacos de dinamita. Cuando el helicóptero pasa frente a su punto de observación, ordena el disparo de la señal teledirigida. La nave estalla en una gran bola de fuego, humo y cenizas de un Estado Mayor en pleno.

La muerte de un poeta (IV)


Managua, 1990. El comandante Humberto Ortega, jefe de las Fuerzas Armadas de Nicaragua, comparece ante los medios de prensa ordenando a viva voz la captura de Joaquín Villalobos, a quien acusa de traidor, desleal y ladrón. Ocho años atrás, en 1982, una sigilosa madrugada, Ortega había acompañado a Villalobos hasta una solitaria playa del pacífico nicaragüense. Desde allí zarparía el salvadoreño en una lancha furtiva hacia el frente de guerra, en el norte de Morazán, luego de una gira en búsqueda de armas por varios países socialistas. Más allá de los imperativos del internacionalismo proletario, ambos comandantes, políticamente pragmáticos y estrategas militares natos, habían trabado una fuerte amistad. Al despedirlo, Ortega le regaló a Villalobos un Rolex y una pistola labrada en plata. Y ahora Villalobos le ha robado un lote de misiles soviéticos tierra-aire. Con ello lo ha puesto en un grave predicamento personal y a la vez ha comprometido seriamente la seguridad nacional nicaragüense. “Un hombre en guerra es un desesperado. Y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa”, me explicaría después Villalobos en una entrevista. En ese momento el FMLN estaba a punto de colapsar por desgaste, luego de catorce días de una impresionante pero infructuosa ofensiva sobre San Salvador. Pero también por la caída del muro de Berlín, la invasión norteamericana a Panamá, la crisis soviética y la derrota electoral de los sandinistas. A esas alturas, el puesto de mando estratégico de los insurgentes salvadoreños se había desplazado a Managua, lo que había entrado en caos al perder los sandinistas el poder. Villalobos concibió entonces un plan desesperado. Según su análisis, la ventaja táctica del ejército salvadoreño radicaba en la aviación, que impedía la estabilidad en los frentes guerrilleros y obligaba la permanente dispersión de fuerzas. La única posibilidad de sobrevivir era la tenacidad… y los misiles. Pero estos formaban parte de las armas estratégicas que garantizaban el equilibrio geopolítico en la guerra fría. Ni rusos ni norteamericanos podían ponerlos en manos de fuerzas irregulares. Humberto Ortega, único sandinista que después de la derrota electoral continuaba en el poder, en calidad de ministro de Defensa, los tenía. Y Villalobos, en una operación digna de Hollywood o de la pluma de Le Carré, alargó subrepticiamente la mano. A los pocos días una aeronave del ejército salvadoreño fue abatida en pleno vuelo por un misil soviético, cuyo número de serie correspondía al arsenal nicaragüense. Los teléfonos del búnquer del general Ortega comenzaron a timbrar incesantemente. Lo mismo sucedía en la oficina de Fidel Castro, en la Casa Blanca y en el Kremlin. En una casa clandestina situada en la periferia de Managua, Villalobos escuchó por la radio la orden de captura. Minutos más tarde recibió a un lacónico intermediario de Ortega: “Humberto dice que te entregués y que en la cárcel van a negociar”, dijo el hombre. –Si me quiere capturar ya sabe donde estoy. Pero advertile que voy a combatir. A mí nadie me agarra vivo -respondió Villalobos, mientras se quitaba las botas militares y se calzaba un par de tenis, como en sus viejos tiempos de guerrillero urbano, cuando ignoraba quién era Roque Dalton y tampoco sabía que matar poetas no es precisamente un buen negocio.

La muerte de un poeta (V)


Cayetano Carpio y Alejandro Rivas Mira organizaron las primeras guerrillas salvadoreñas en 1970. Carpio, un viejo líder obrero, era secretario general del Partido Comunista, del cual fue virtualmente expulsado en 1969 por intentar volcarlo a las armas. Empeñados en la legalidad, los comunistas construían alianzas electorales con la Democracia Cristiana. Fueron disidentes de ambos partidos los primeros guerrilleros. Carpio nucleó a los comunistas en las FPL, Rivas Mira a los cristianos radicalizados en el ERP. Ambos grupos reclamaban para sí el papel exclusivo de vanguardia revolucionaria. Carpio, formado a la vieja usanza en el activismo sindical, más un curso político en la URSS en los años cincuenta, desconfiaba de los jóvenes cristianos, a quienes consideraba pequeños burgueses aventureros. Rivas Mira, era un dirigente estudiantil con aura de genialidad,que propugnaba un marxismo heterodoxo, asimilado en universidades europeas en tiempos de las audaces renovaciones conceptuales que culminaron con las revueltas parisinas de 1968. Para él la línea soviética resultaba anacrónica. En suma, las FPL planteaban una larga guerra sobre la base de la alianza obrero-campesina, en tanto que el ERP proponía resolver el problema nacional, a cortísimo plazo, mediante un golpe de Estado en colaboración con oficiales del Ejército Nacional. Táctica proceso contra táctica plan. Los comunistas, por su parte, alegaban que los guerrilleros eran provocadores al servicio de la CIA, y éstos denunciaban que aquellos los delataban a la policía. La acusación de ser “agente del enemigo” era entonces lo más común y corriente. Lo grave es que esa “lucha ideológica” se daba en la clandestinidad militarizada y con la policía pisando los talones de todos. La fanatización sectaria y la desconfianza, la sobrevaloración de la capacidad militar y el desprecio al debate intelectual fueron las consecuencias naturales. Dalton, en Cuba, había roto con los comunistas y desesperaba por tomar las armas. Por trayectoria y afinidad ideológica, lo lógico era que se sumara a las FPL. Pero Carpio le negó el acceso, no sólo por la ya legendaria bohemia del poeta. Tenía, como ya veremos, motivos mucho más graves. Rivas Mira viajó a La Habana en 1972 y pactó con la dirigencia cubana el ingreso de Dalton al ERP. Ahí comienza la cadena de absurdos. ¿Por qué los cubanos estaban tan interesados en situarlo en una organización no afín ni a ellos ni al poeta mismo? ¿Por qué lo aceptó Dalton, sabiendo que entre él y Rivas Mira había un abismo ideológico? ¿Qué ganaba Rivas Mira al introducir a un adversario en su propia casa? La ingenuidad o la mala fe han fabricado la imagen de Dalton como un venadito perseguido o un conejillo asustado al que todos maltratan. No. Él era a la vez un poeta irónico hasta la crueldad, un bohemio contumaz y un ideólogo beligerante que había asumido ya el riesgo de morir, sí, pero también el de matar, con todas sus consecuencias. Era, en viva y permanente contradicción, un artista rebelde y un cuadro político que había jurado reiteradamente sometimiento a la jerarquía y lealtad a la jefatura... pero, ¿quién era su jefe? De sus ensayos teóricos sobre la revolución latinoamericana no se desprende que pudiera serlo Rivas Mira ni Fermán Cienfuegos, y mucho menos Joaquín Villalobos... De nuevo, entonces, ¿qué hacía Dalton en el ERP?

La muerte de un poeta (VI)


A finales de 1982 en Quinta Caldera, una casa de seguridad ubicada en el kilómetro 14 de la carretera sur de Managua, Cayetano Carpio me dijo lo siguiente: “Los del ERP no son ni nunca fueron auténticos revolucionarios, son la social democracia más el fusil... y terminarán traicionando la revolución”. A principios de los setentas, Roque Dalton, como la mayoría de los insurgentes de su generación, estaba convencido de que la revolución latinoamericana necesitaba de un sólo plan estratégico y de un mando único y centralizado cuya encarnación indiscutible correspondía a Fidel Castro. Fidel pensaba exactamente lo mismo. Pero algunos comandantillos locales no lo creían: Douglas Bravo en Venezuela, por ejemplo, o Jaime Bateman en Colombia o Rodrigo Asturias en Guatemala.. En Cuba se hacían esfuerzos para meterlos en cintura, alineándolos por las buenas o anulándolos por las malas. Dalton trabajó arduamente en la primera opción vía debate ideológico. Y en el momento en que el comandante en jefe se decantaba por el Kremlin en la famosa polémica internacional chino-soviética, Alejandro Rivas Mira, fundador y jefe del ERP salvadoreño, firmaba sus primeras acciones guerrilleras con la consigna maoísta “El poder nace del fusil”, en claro desacato a “nuestro señor que está en la Habana”. Rivas Mira, formado políticamente en Europa al calor de la rebeldía de 1968, condenaba la invasión rusa a Praga mientras Castro la aplaudía y Dalton guardaba un ominoso silencio. Además, si Castro y Dalton recetaban para el sub continente largas guerras de liberación, Rivas Mira se planteaba resolver el problema a muy corto plazo mediante un golpe de Estado. Si aquellos tenían como meta la dictadura del proletariado, éste sólo se planteaba la plena vigencia constitucional en un marco democrático. Pero Rivas Mira no era un jefe de principios sino de intereses, un pragmático que hizo escuela (¿no, Villalobos?). Necesitaba reconocimiento internacional, entrenamiento y armas para su grupo, y si los chinos se los daban él era maoísta. Pero si se los daban los cubanos él, sin declararse fidelista, al menos podía aceptar que un hombre de confianza de Castro, Roque Dalton, lo asesorara políticamente, pero sólo eso: cero mando militar para el flamante asesor. Fue en esas turbias condiciones que Dalton ingresó al ERP. Pero el poeta no era un hombre de prudentes silencios tácticos tan propios de la clandestinidad. El era un inveterado discutidor, curtido en innumerables maratones retóricos madrugueros, alcohólicos y humeantes de cafetín y taberna. Era, en suma, un poeta brillante, un ideólogo lúcido, no un clásico conspirador de puñal bajo el poncho. Sólo que el ERP no era precisamente un cafetín ni mucho menos una taberna. A su juicio, el plan putchista de Rivas Mira era un disparate, una aberración superable en el debate ideológico. Pero ese plan no era exclusivamente de Rivas Mira sino también de sus más osados lugartenientes: Rafael Arce Zablah, Humberto Rogel y Joaquín Villalobos, jóvenes endurecidos en el combate y cuyo argumento principal era la pistola. Pero he aquí que el poeta no estaba solo. En el núcleo inicial del ERP también había un grupo de versificadores más que dispuestos a escucharlo: Fermán Cienfuegos, Lil Milagro Ramírez y Alfonso Hernández entre otros. Había que separar el trigo de la paja. Esa era la misión de Dalton.

La muerte de un poeta (VII)


Una tarde de 1974, en una casa cercana al parque Centenario, dos hombres discutían a gritos sobre la ominosa cancelación de la primavera de Praga por parte de los tanques soviéticos. Ambos citaban y contra citaban a Althusser, Gramsci, Poulantzas, Rosa Luxemburgo y otros teóricos marxistas. Las posturas eran irreconciliables. Este consideraba la invasión como una infamia; el otro blandía complicados malabares argumentales para justificarla. Estaban armados y borrachos, y no eran simples polemistas de cantina. Este había sido declarado enemigo público número uno por las autoridades, y las paredes de San Salvador estaban plagadas de afiches con su retrato ofreciendo dinero por su cabeza: era el comandante en jefe del ERP. El otro era su asesor político: Alejandro Rivas Mira y Roque Dalton. Cuando Joaquín Villalobos, cuarto en la jerarquía de la jefatura guerrillera, entró a esa casa, quedó choqueado. Ahí se había violado, en términos de gravedad máxima, toda la normatividad que regía implacable la vida clandestina hasta el extremo del cianuro obligatorio en caso de captura. Villalobos había pasado de las protestas universitarias a la clandestinidad insurgente en 1972, a los 21 años de edad. Era el caudillo de un pequeño grupo de jóvenes radicalizados en la experiencia de trabajo social en comunidades marginales. Había estudiado el bachillerato en matemáticas en el Liceo Salvadoreño, bajo la tutela de sacerdotes del Opus Dei, y luego había ingresado a la facultad de economía. En suma, no tenía gran aprecio ni por el comunismo ni por la literatura. Por eso había integrado su grupo al ERP, cuyo jefe era abiertamente pragmático y anticomunista. Hay que recordar que por esas fechas el partido comunista salvadoreño, bajo la dirección de Schafik Handal, se empeñaba en esfuerzos electorales y fustigaba a los que habían optado por la lucha armada, etiquetándolos bajo la viñeta de ultra izquierdistas. En la Universidad Nacional circulaba un panfleto en que el mismísimo Schafik acusaba al Che Guevara de ser un simple aventurero. Roque Dalton, comunista y literato que había vivido los últimos diez años fuera del país, entre Europa y Cuba, era un nombre que a Villalobos apenas le sonaba. Aquella tarde sólo era un señor algo panzoncito, bolo y lenguaraz, que se hacía llamar Julio Dreyfus. En adelante, ni Rivas Mira ni el tal Julio gozarían de la confianza y el respeto de él ni de los combatientes bajo su mando. No es improbable que Nureyev fuera el mejor baletista de todos los tiempos. Pero es seguro que las cualidades que lo afirmaban como tal no le sirvieran en absoluto para sumarse a un equipo de rugby, donde en una tacleada no sólo podría sufrir el deterioro de sus largas, preciosas y esmaltadas uñas. Y aquel ERP de los setenta era, sin duda, mucho más rudo que un equipo de rugby. La suerte de Dalton estaba echada desde el momento mismo de su ingreso. Cuatro fueron los argumentos, al menos los principales, que el ERP adujo para justificar la ejecución de Dalton: que era agente de la CIA; que había promovido el fraccionamiento del ERP; que era agente de la inteligencia cubana; que era un bohemio irresponsable en el contexto de la lucha clandestina. De las cuatro acusaciones sólo la primera era infundada.


La muerte de un poeta (VIII)


Alejandro Rivas Mira acaso presintió la desgracia aquella Navidad de 1973, cuando Roque Dalton, llegado ese mismo día desde La Habana bajo el nombre de Julio Dreyfus, en lugar de mirarlo con temor y respeto y cuadrarse militarmente en su presencia, lo saludó con un desenfadado “¿qué pasó, maricón?” Rivas Mira era el indiscutido caudillo del ERP, el mítico sobreviviente de “El grupo”, núcleo inicial de la guerrilla. Casi todos los otros fundadores habían desertado o muerto en acción. Él había resistido la oleada represiva. Eso, y una vaga leyenda de revolucionario forjado al calor de combates lo mismo en Guatemala que en El Salvador, en Alemania que en Venezuela, deslumbraban a sus jóvenes lugartenientes, que no cesaban de asaltar bancos, realizar secuestros, matar guardias y dinamitar instalaciones enemigas. Pero Dalton, que era de su misma generación, lo conocía muy bien y no se tragaba el cuento. De leyenda a leyenda ahí se iban los dos: el uno con su saga de combates imaginaros o no; el otro, con un tambache de poemas y polémicas ideológicas que brillaban en toda América Latina. Con todo, Rivas Mira estaba contento aquella noche. Luego de la primera gran debacle de muertes y deserciones, había logrado hacer crecer al ERP, al integrar a tres grupos que, aunque distintos entre sí, se unificaban bajo su mando: el de los poetas-combatientes (representados por Fermán Cienfuegos y Lil Milagro Ramírez); el de los políticos-combatientes (Joaquín Villalobos y Rafael Arce Zablah), el de los combatientes puros y duros (Jorge Meléndez y Vladimir Rogel). Muy pocos de esos muchachos pasaban de los 22 años, y todos creían que Rivas Mira era el mismísimo Che Guevara redivivo. Además, había conseguido el apoyo cubano en armas y entrenamiento militar especializado para sus cuadros. Pero no el respaldo político. Sus devaneos maoístas no lo hacían confiable. Había tenido que negociar ese respaldo a cambio de aceptar a su lado, en calidad de asesor y garantía, a un viejo e irreverente conocido que sí gozaba de la confianza habanera: Roque Dalton. Pero Rivas Mira desconfiaba hasta de su sombra. A fuerza de una jefatura estrictamente militar y verticalista, exigía el absoluto sometimiento a sus dictados. No discutía: simplemente daba órdenes. Y todos sabían y aceptaban que, en aquellas circunstancias, el incumplimiento de una orden equivalía al fusilamiento sin apelación posible. Dalton, acostumbrado a tratar con las estrellas políticas e intelectuales de la insurgencia latinoamericana, no estaba para esos juegos de caudillismos de opereta provinciana, y comenzó por libre su propio juego, pero desatendiendo las más elementales reglas de la conspiración. Ese pecado, en el argot de las sectas dogmáticas y fanatizadas, se denomina pomposamente “labor de socavamiento de la confianza en la dirección”, y suele ser la antesala del juicio por traición. Dalton se ganó la simpatía de los poetas tan rápido como el rechazo de los políticos y los militares. Estaba dispuesto a probar que la capacidad de conducción de Rivas Mira estaba sobre dimensionada. El duelo de poder entre ambos había comenzado. Había que decidirse entre el poeta o el comandante. El ERP era demasiado pequeño para los dos: uno de ellos debía abandonar la jugada o morir en el intento.

La muerte de un poeta (IX)


Esa bellísima morena de 22 años, que hasta hace un par de meses estudiaba matemáticas en la Universidad Nacional, ni es una chica frágil ni se llama Mariana. En su cartera siempre hay una pistola y, si es el caso, también puede habérselas con explosivos o con una pieza de artillería. Pero aunque conoce a perfección las técnicas del combate irregular, su verdadera especialidad son los métodos conspirativos: chequeo, contra chequeo, embute, pase y ciframiento. Es una artista del silencio, una virtuosa del secreto. En el ERP la compartimentación (callar al precio de tu vida lo que sabes y sólo saber lo estrictamente necesario) era una regla cuya ruptura era inconcebible. Por eso ninguno de sus compañeros tenía que saber que su nombre real era Ana Sonia Medina, ni que se había especializado en La Habana, ni que allá se había alojado en casa del famoso poeta Roque Dalton que, según decían, se encontraba en viaje por Vietnam. Nadie podía saber que allá se había encariñado con la mascota de los Dalton, un perrito llamado Ringo. La otra regla inviolable era la lealtad y el respeto a la jefatura. Y esa jefatura tenía un nombre: Alejandro Rivas Mira. Por eso se desconcertó cuando “Julio”, un compañero cuarentón recién enrolado en la guerrilla, comenzó a preguntarle por los Dalton, por la casa habanera y hasta por las gracias de Ringo. Y más todavía cuando lo escuchó despotricar abiertamente contra Rivas Mira y le dijo, sin que ella se lo pidiera, que él era Roque, el poeta. Pero “Julio” era el hombre más culto, alegre y simpático que había conocido, un tipo querible a más no poder. Además, era el compañero sentimental de Lil Milagro, una dirigente por quien ella sentía un cariño especial. Preocupada por la situación, Mariana habló con su responsable, que en ese tiempo se hacía llamar “Chon”, y que no era otro que Joaquín Villalobos. “Esto es grave”, dijo Mariana, “aquí se puede armar un gran problema”. Villalobos no lo dudaba. Sabía también que “Julio” se echaba sus tragos y que había descompartimentado su identidad con otros compañeros a los que, entre otras cosas, les había comentado que él había realizado trabajos especiales para los organismos cubanos de seguridad. Rivas Mira no tardó mucho en saberlo y comenzó a amarrar navajas. Sabía que contaba con la lealtad del grupo comandado por Villalobos y Rafael Arce Zablah (los políticos combatientes), y del grupo de Vladimir Rogel y Jorge Meléndez (los combatientes puros y duros), pero también sabía que Dalton había ganado ascendiente entre los poetas combatientes liderados por Lil Milagro, Fermán Cienfuegos y Alfonso Hernández. En ese momento el ERP estaba envuelto en una doble y compleja discusión que implicaba la vía hacia el poder y la relación entre masas, partido y ejército revolucionario. Para complicar más el cuadro, la posibilidad de asociarse a un sector del ejército nacional, con el objeto de perpetrar un golpe de Estado, puso a las fuerzas guerrilleras en estado de máxima alerta, lo que obligó a la militarización de todas las estructuras. Ese sería el escenario en que se libraría la disputa final entre el poeta y el comandante, y que daría lugar al más trágico de los desenlaces.


La muerte de un poeta (X)


Una madrugada de abril de 1975, Jonás y cuatro combatientes bajo su mando llegaron a una casa clandestina de Santa Anita. La misión consistía en relevar a la unidad que vigilaba a dos prisioneros confinados en cuartos separados, pero libres de manos y pies: Armando Arteaga y Roque Dalton, compañeros acusados de insubordinación. Colocó el dispositivo de defensa y ordenó a su segundo que verificara la situación de Dalton. Él fue al otro cuarto. “¿Serías capaz de usar eso contra mí”, le preguntó Arteaga, refiriéndose a la pistola. “Si me das el menor motivo no lo dudaría”, respondió Jonás. (Jonás, en realidad Jorge Meléndez, según muchos el mejor jefe militar guerrillero en el terreno durante la guerra, me lo confirma 28 años después: “Ni en ese momento ni nunca me tembló la mano. Para un combatiente del ERP el cumplimiento de la misión era cosa sagrada. Por eso Arteaga entendió mi respuesta. Esa fue nuestra escuela”.) En eso escuchó un grito desde el cuarto donde estaba Dalton, y corrió, “¡Este hijuepueta está armado!”, le dijo su segundo. Jonás apuntó a la frente de Dalton. “No disparés”, gritó el poeta, asustado, “yo mismo avisé que tenía el arma”. Jonás le quitó la pistola y mandó que lo sacaran al patio, con la orden de disparar al menor movimiento. Veintiocho años después, Jonás no sabe explicar cómo es que Dalton estaba armado. Yo tengo una hipótesis: horas antes, Dalton había recibido la visita de Fermán Cienfuegos, hasta entonces segundo jefe político-militar del ERP. Fue a proponerle al poeta un plan de fuga. El mismo y su grupo ya habían decidido desligarse del ERP. Además, esa casa era la de Lil Milagro, miembro de la Dirección Nacional de la guerrilla, y la unidad a la que Jonás relevó estaba precisamente bajo el control de ella, que era la compañera sentimental de Dalton. Pero hay otro detalle que Jonás ignoraba: el poeta ya no sólo estaba acusado de insubordinación sino, también, de ser un agente de la CIA. En otro punto de San Salvador, Rivas Mira informaba a su Estado Mayor que Fermán, Lil y otros compañeros habían desertado. Eso, a su juicio, probaba que Dalton había logrado escindir la organización, en cumplimiento de una maniobra de la CIA. La seguridad de la organización estaba en jaque. Era un imperativo ejecutar a todos los “traidores”. Después de todo, argumentó Rivas Mira, el que Dalton sirviera a la CIA era una afirmación que Cayetano Carpio había hecho ante el mismo Cienfuegos. Cosa de la que éste había dado fe ante el Estado Mayor guerrillero. Mariana recibió la orden de matar a Lil. Fue a su casa y no la encontró. A los pocos días, se toparon por casualidad en un bus urbano. Habían sido como madre e hija, pero ambas sacaron disimuladamente sus pistolas y midieron las posibilidades del combate. Inexplicablemente ambas lo dejaron por la paz. Rivas Mira ordenó el fusilamiento de Dalton y de Arteaga. Para ejecutar la orden eligió a dos hombres: Vladimir Rogel y Joaquín Villalobos. Según Villalobos quien disparó fue Rogel. Pero Rogel fue ejecutado por el ERP cuando ya Rivas Mira había desertado y Villalobos había tomado el mando de la organización insurgente.

La muerte de un poeta (XI)


En octubre de 1981, en París, el poeta Roberto Armijo estaba devastado por el dolor. Seis años antes lo había sacudido la noticia del asesinato de Roque Dalton, su hermano del alma. Ahora venían a decirle que el menor de sus hijos, Manlio, había muerto en combate. En realidad, se había suicidado cuando, herido y cercado por un equipo contrainsurgente de élite, protegía en solitario la fuga de otros compañeros. Pero eso no era todo, su otro hijo, el mayor, Claudio, que había sido secuestrado y dado por desaparecido, estaba siendo atrozmente torturado en una cárcel hondureña. Cuando lo de Dalton, Roberto había denunciado públicamente a sus asesinos, la jefatura del ERP, a quienes llamó traidores y chacales. En esa denuncia lo había acompañado, con adjetivos igualmente furibundos, el filósofo francés Regis Debray, compañero del Che Guevara en la selva Boliviana y también hermano de Dalton en las letras y los afanes revolucionarios. La contradicción de Roberto consistía en que sus dos hijos eran comandantes guerrilleros, precisamente en las filas del ERP. Sin embargo, tomó el teléfono y habló con Debray, por entonces número tres en el gobierno de Francia. Poniendo en movimiento la poderosa maquinaria internacional de sus contactos políticos, Debray logró la liberación de Claudio. Cuando por fin, después de un intensivo tratamiento clínico de recuperación, Claudio logró encontrarse en París con su padre y con Debray, entre otras muchas cosas hablaron del caso Dalton. En síntesis, el comandante explicó lo siguiente: Dalton, en efecto, no era agente de la CIA, pero se había embarcado en una pugna de poder contra Rivas Mira. Este último había ordenado su ejecución, misma que había sido consumada por Vladimir Rogel. Pero Rivas Mira había desertado del ERP en 1976. Luego, la nueva jefatura guerrillera, encabezada entre otros por Joaquín Villalobos y el mismo Claudio, después de una profunda autocrítica respecto de una marcada desviación militarista en la organización, había decido ejecutar a Rogel, quien pugnaba por perpetuar los métodos de Rivas Mira. “Mi padre y Debray lo entendieron perfectamente”, me dice Claudio, que siguió combatiendo hasta el final de la guerra, “hasta el punto en que ambos siguieron colaborando con nosotros en tareas del frente internacional, y fueron claves en el diseño y la negociación del pacto franco-mexicano, que nos reconoció como fuerza representativa”. (Pausa) Las 11 entregas que hasta ahora he publicado en este espacio sobre la muerte de Roque Dalton han sido escritas en el curso de una investigación que aún no concluye. Dicha investigación ha tenido por base una búsqueda bibliográfica y una serie de entrevistas personales con los protagonistas directos de aquel oscuro incidente. Sin embargo, y aunque las gestiones están muy avanzadas y existen suficientes signos alentadores, todavía no he conseguido el testimonio vivo de tres de los principales protagonistas, incluyendo entre ellos al de mayor relevancia: Alejandro Rivas Mira, que en algún lugar del mundo, en estricto anonimato, guarda en su memoria la información que, por fin, podría aclarar definitivamente la muerte del poeta. Durante la pausa, continuaré publicando en este espacio trabajos relacionados con nuestra vida cultural. Pero no quiero cerrar este capítulo sin agradecer a los lectores que me alentaron con sus muestras de afecto en numerosas comunicaciones.